martes, 5 de septiembre de 2017

MISTICA DEL PATRIOTISMO



Ante la actual situación de nuestra Patria española, hoy reducida a escombros, como si fuese un cadaver en descomposición, en la que parece que no hay capacidad de reacción ante el proceso de disolución tanto por abajo -nacionalismos- como por arriba -absorción por entidades supranacionales-, hay que decir que las naciones históricas son tradiciones y no procesos revolucionarios, ni constructos racionalistas; como decía San Agustín en sus Confesiones: "Ama a tu prójimo, más que a tu prójimo a tus padres; más que a tus padres, a tu Patria; y solamente más que a tu Patria, ama a Dios".  Reproducimos, a continuación, este artículo sobre el sano patriotismo, publicado en Arbil:


El tema del amor a la Patria se ha descuidado con exceso. De una parte, los abusos históricos, y de otra, su invocación banal, han contribuido a lograrlo. Pero ni lo que se ha llamado la Patrolatria, ni el patrioterismo, pueden ser causa bastante para distraer nuestra atención y relegar al olvido el amor verdadero a la Patria.

Cualquier programa de actividad para el futuro de una comunidad, para ser puesto en práctica requiere la fuerza dinamizante de ese amor; porque son muchas las voces, especialmente juveniles, que demandan, como justificación de su esfuerzo social, doctrina clara, es decir, la "elegancia dialéctica", de que habló un gran pensador (que no se puede nombrar so pena de caer en el prejuicio y en el perjuicio); y porque aún quedan zonas inexploradas o que requieren repaso.

Porque hay una crisis evidente y posiblemente trágica del patriotismo, más que conveniente sea necesario dar a conocer su verdadera doctrina.

Una primera aproximación a la comunidad política nos permite contemplar, de una parte, al hombre concreto, y de otra parte, al Estado; y al hombre y al Estado en correlación a través de un vínculo que se llama ciudadanía.

Pues bien; esta correlación que llamamos ciudadanía, acreditada con el Documento Nacional de Identidad, no es, sin duda, el patriotismo. Se trata tan sólo de una correlación administrativa, totalmente aséptica y, fuera de su órbita, irrelevante.

El patriotismo es algo más, mucho más, que la ciudadanía; y no sólo por incremento cuantitativo, sino por un cambio profundo conceptual, por un salto de los que ahora se llaman cualitativos.

La sana doctrina que tratamos de investigar y exponer eleva al hombre a la categoría de patriota, sustituye la superestructura política del Estado por la Patria, y a la relación entre patriota y Patria no la conoce como ciudadanía, sino como patriotismo.

Ahora bien, la fuente activa generadora del patriotismo está en el hombre-patriota, aunque el sujeto último de la fuente generante sea la Patria. Ocurre aquí algo semejante a lo que sucede en las donaciones, en las que lo decisivo para el desplazamiento patrimonial es la voluntad del donante, aunque sea necesaria tan sólo la voluntad recepticia del donatario y son precisamente las cualidades o circunstancias concretas que en este último concurren las que dan origen a la donación misma.

Conviene, pues, al ocuparnos del patriotismo, que, en primer lugar, lo consideremos en su portador, es decir, en el hombre, preguntándonos bajo tal aspecto, qué es el patriotismo. En segundo lugar, se hace preciso conocer los errores, las desviaciones, los pecados contra el patriotismo, y, finalmente, centrar nuestra atención sobre la Patria, puesto que a la Patria se dirige el patriotismo.

¿Qué es el patriotismo?

El patriotismo se nos presenta inicialmente como un debitum, es decir como un deber, como una obligación con que la justicia nos interpela con respecto a la Patria, por lo mucho que la Patria nos ha dado, porque la Patria es la depositaria del bien común. El patriotismo como lealtad exigida parece obvio, porque la Patria, como dice San Agustín en "De libero arbitrio" (XV, 32), debe ser considerada "como una verdadera madre".

Pero el patriotismo no es sólo, siéndolo, una obligación. Es algo más; y es algo más porque se enmarca, no en el orden de la justicia, sino en el "ordo amoris"; y hay que explorar a fondo este "ordo amoris" para encontrar el patriotismo verdadero.

En esta labor investigadora del patriotismo en el ordo amoris sorprendemos un brote inicial en lo telúrico, en el patriotismo que el gran pensador llamó con acierto amor sensual, afectivo, de ternura por la tierra nativa; y está claro que aquí no está la esencia del patriotismo, y por dos razones: porque si esta inclinación natural lo fuese, los hombres, como decía también ese gran pensador, «cederían en patriotismo a las plantas (puesto que las plantas ganan a los hombres) en apego a la tierra"; y porque el patriotismo delectatio, fruición, erotismo, concupiscencia, como Fichte le calificara, es pasajero porque se adhiere a lo fugaz, y el patriotismo, si es un amor auténtico, sólo "se despierta, inflama y reposa en lo eterno".

Ya tenemos un indicador, dentro del "ordo amoris", para descubrir el patriotismo verdadero. Ese indicador nos ofrece, superando lo telúrico, y para conducirnos al final a lo teándrico, otro tipo de amor, el amor intelectual, que no desconoce ni rechaza el afectivo primario, pues nada hay en la inteligencia que no se halle previamente en los sentidos, pero lo supera, porque, como dijo San Agustín: «juzgo de necesidad que la mente sea más poderosa que el apetito". De este amor intelectual nos hablaron Spinoza y Legaz Lacambra, y nos habló también ese gran pensador al pedir que los puntales del patriotismo se claven en lo intelectual.

Ahora bien, este patriotismo intelectual no es un patriotismo matemático, y no sólo porque haya una poesía de los números y de las ecuaciones, sino porque, siendo una superación, que no supresión, del patriotismo telúrico, es un punto de apoyo en su línea ascendente, es decir, en su ánimo de perfección. El gran pensador que supo definir tan acertadamente el patriotismo intelectual, que "no se marchita como se marchitan las primaveras", añadía que tal género de patriotismo no se queda "en árido reducto intelectual".

Y es lógico que así sea, porque el primer peldaño nos permite pasar de los sentidos a la inteligencia, el siguiente peldaño nos eleva en el "ordo amoris", de la inteligencia a la voluntad, porque sólo se quiere y se ama en serio lo que de una u otra forma se conoce ("Nihil volitum quin praecognitum").

Este amor de voluntad tiene varias manifestaciones. Cuando se refiere a Dios se llama religión, cuando se refiere a los padres, piedad filial, y cuando se refiere a la Patria, patriotismo. En los tres casos, y cada uno a su manera, suponen, como decía Santo Tomás, una especie de culto.

El patriotismo —y ya estamos en la esfera teándrica del "ordo amoris"— es una manifestación de la pietas como virtud; Por eso, el II Concilio Vaticano (Gaudiam et Spes, número 75) desea que se cultive con "magnanimidad y lealtad el amor a la Patria", y León XIII, en Sapientiae Christianae, escribe que el "amor sobrenatural a la Iglesia y el que naturalmente se debe a la Patria, son dos amores que proceden del mismo eterno principio, pues que de entrambos es causa y autor el mismo Dios".

Lo que ocurre, y aquí se hace preciso completar el pensamiento de León XIII, es que el amor natural a la patria que puede exigirse a todo hombre, cuando se contempla en el cristiano, por la pietas, se sobrenaturaliza, y llega a su plenitud cuando la pietas, animada y vivificada por la caritas, que es el amor de Dios con que el cristiano debe amarlo todo, nos empuja a amar a la Patria con ese amor.

Cuando Cristo dice que amemos como El nos ama —quintaesencia del cristianismo—, lo que nos dice es que amemos con su mismo amor. Si el "Cántico de las criaturas» de San Francisco de Asís demuestra cómo es posible amar con amor de caridad al hermano sol o al hermano lobo, decidme si el cristiano no ha de amar a su Patria con un amor —expresión de la pietas—inflamado por el Amor divino, que eso es, en suma, la caridad. A este patriotismo de la caridad alude San Agustín cuando pide que "amemos al prójimo, y más que al prójimo a los padres, y más que a los padres, a la Patria, y más que a la Patria a Dios»; y el citado gran pensador, que tanta insistencia puso en el patriotismo intelectual, acaba hablándonos del "patriotismo encendido por un amor", es decir, inflamado por la caridad.

Esta plenitud del "ordo amoris" es la conclusión lógica de un entendimiento ortodoxo de la teología de la redención, que, como apunta Raimundo Paniker, compendia y resuelve las tensiones entre la teología de la trascendencia, que puede conducir al escapismo, y la teología de la encarnación, que puede, del lado opuesto, conducir a la inmanencia. En el enfoque de la teología de la redención, la Patria es algo en este mundo, y tanto en la Patria como en el hombre, que están en el mundo, incide la tarea redentora. La redención tiene un aspecto universal o cósmico que a veces pasa inadvertido. La irrupción de lo divino en la historia, en el tiempo y en el espacio, introduce en el espacio, en el tiempo y en la historia, no por yuxtaposición cobertora, sino por inserción, un núcleo de eternidad penetrante, no para descansar en ellos, sino para transformarlos. La masa sigue siendo masa, pero con la levadura fermenta. El rosal sigue dando rosas, pero mucho más bellas por el injerto. El hombre sigue siendo hombre, pero hombre regenerado y nuevo, y el cosmos, el cielo y la tierra seguirán siéndolo, pero, como profetiza el Apocalipsis, "nuevos", en el sentido de renovados. Lo que es la Regeneratio con respecto al hombre, según las palabras de Cristo a Nicodemus, es la Renovaría de la Patria, conforme a las preces al Espíritu Santo para que renueve la faz de la tierra. Ello constituye la médula de la redención.

Pues bien; este amor que produce la regeneratio y la renovatio es el que, por una parte, eleva el patriotismo natural del cristiano, que pasa de lo afectivo a lo intelectual, de la inteligencia a la voluntad, de la voluntad a la pietas y de la pietas a la caritas, y por otra, el que al dirigirse a la Patria debe renovarla.

Todo esto, que parece llevarnos a una galaxia irreal o lejanísima, resulta extremadamente lógico. Dice San Pablo (Rom. 5,5) que la caridad es el amor que Dios ha derramado en nosotros. Ese amor no se derrama para salpicar en el corazón y perderse en el suelo, ni para dejarlo secar a la intemperie, sino para fecundar el corazón, y con ese corazón fecundado, que deja de ser un corazón de piedra, amar también a la Patria.

La claridad se afina si rompemos la polivalencia de la palabra amor, con una neología que busque vocablos distintos para ideas distintas, y llamamos delectatio al patriotismo sensual del eros: dilectio al patriotismo racional de la elección; y caritas al patriotismo teándrico del "agapé". Este patriotismo no excluye, sino que, como dice Cabodevila, los supone, y lo que es más aún, desde su altura, los eleva y recupera por asunción y regeneración, haciendo suyo su enorme y agilísima capacidad dinámica.

Ahora se comprende la vocación sacrificada del patriota. Como escribió Pío XI en Ubi arcane Dei, "el amor patrio (es) fuerte estimulo para muchas obras de virtud y de caridad». Por ese amor se "está pronto a arrostrar hasta la muerte por la Patria", como recordó León XIII, en Sapientiae Christianae, y como dice el adagio latino, "Dulce et decorum est pro patria mori".

Si nadie tiene mayor amor que aquél que da la vida por los amigos (Juan, 15,13), decidme si no es virtuosa y heroica la muerte del que da la vida por la Patria. La Patria, mirando a su héroe y a su mártir—y han sido tantos—, puede repetir una y otra vez aquello de la Epístola a los Gálatas (2,20): "dilexit me et tradidit semetipsum pro me".

Que el patriotismo alcanza su plenitud como expresión de la caritas, de la entrega generosa del "agape", aparece a todas luces en aquellas lágrimas de Jesucristo ante la dureza de corazón de su pueblo (Luc. 19,41). Si el cristiano ha de hacer suyos los sentimientos del Redentor, uno de ellos es, sin duda, el patriotismo. Ahora bien; el patriotismo, así contemplado, no sólo puede pedir el sacrificio supremo de la vida, sino el sacrificio diario del trabajo. Una Patria puede estar en peligro no sólo como consecuencia de una invasión militar, sino por obra de otro de tipo de invasiones: La ideológica, que le hace perder su identidad; la ética, que trata de corromperla; la económica, que busca someterla a dependencia colonial. Entender que sólo tratándose de la invasión militar hay que aprestarse a la lucha, seria un error. Estar en vigilia tensa, a la intemperie, para que la Patria no pierda su talante especifico, ni sus cotas morales, ni su propia naturaleza, es un postulado esencial del patriotismo
 
Desviaciones del patriotismo.

He aquí por qué hay que proyectar nuestra atención sobre los errores, desviaciones o pecados contra el patriotismo, y que, a mi modo de ver son los siguientes:

a) Asepsia. Supone una actitud indiferente ante la Patria. Podría expresarse con estos términos: "me es igual". Ni siquiera como delectatio la Patria me interesa.

b) Utilitarismo. Hay dos frases latinas que reflejan un estado de ánimo semejante: "ubi bene, ibi patria" y "Patria est ubicunquae est bene"

c) Romanticismo. Mi Patria est allí donde se halla mi lengua (recuérdese la frase de Unamuno) o donde se puede vivir en libertad.

d) Universalismo. Puesto de relieve en el apátrida voluntario por considerarse ciudadano del mundo, "Patria mea tutus hic mundus est".

e) Separatismo. Que insistiendo en el principio de las nacionalidades, en cuyo nombre se hizo tardíamente la unidad de algunas naciones europeas, como Italia, Alemania o Rumanía, unidad que se produjo en el pasado siglo XIX, trata de romper la unidad nacional e histórica ya existente (crimen contra el espíritu de la Patria, y por ello imperdonable, como dijo el gran pensador innombrable).

f) Fanatismo. Que secularizando a la Patria como valor religioso, conforme al proceso analizado por Carl Schmitt, la diviniza, convirtiéndola en mito o en ídolo, ante cuyo altar todo debe sacrificarse, incluso los derechos legítimos de otras patrias distintas o los de la humanidad.

g) Aversión. Equivalente, en cierto modo, a la aversioa Deo o al odium fidei, propio de los renegados y traidores, que han convertido el amor en odio, como el de aquéllos que durante la II República se manifestaban por las calles al doble grito de "¡Muera España!" y "¡Viva Rusia!".

h) Escatologismo. Alegado por quienes, so pretexto de la patria celestial futura, tienen un concepto despreciativo del mundo y olvidan que aquella patria celestial, como el Reino de Cristo, aunque no sean como las patrias y los reinos de este mundo, se incoa y se construye en este mundo, y que por ello el mundo, las cosas del mundo y las patrias de este mundo, no pueden abandonarse y dejarse en las manos de los enemigos, sino que han de regenerarse y renovarse —finis operis y finis operantis— por los que aspiran a que todo sea recapitulado en Cristo.

Las desviaciones, pecados o errores del patriotismo deben ser descartados. Ni siquiera una situación de enfermedad, decadencia o envilecimiento de la Patria debe menoscabar el patriotismo. Al contrario; en la prueba del dolor del hijo se prueba, a su vez, el auténtico amor de la madre. En una época, como la actual, en que la Patria sufre en su alma y en su cuerpo, los patriotas están obligados a poner en juego su virtud, porque como en latín se dice: "Nemo patriam quia magna est amat, sed quia sua".



-Patria-

Y a esta Patria, el otro término subjetivo de la relación, y a la que el patriotismo se dirige, vamos a dedicar ahora nuestra atención, destacando que la Patria es, como con frase feliz la definiera el gran pensador, una "síntesis trascendente"; síntesis trascendente en un doble sentido, a saber: trascendente a aquéllos que la integran, para desempeñar una misión en la historia profana; pero trascendente también para, en esa historia profana, realizar una tarea dentro de la Historia universal de la salvación.

Esta doble trascendencia la puso de relieve García Rodríguez al definir la Patria como "unidad de orden óntico-místico», la atisbó Fichte a incluir a la Patria en "una determinada ley especial de lo divino", la expresó Fernando de Herrera, en nuestro siglo XVI, al escribir que "la Patria es un arquetipo eterno y una realidad trascendente querida por Dios", y lo entendió el gran pensador, con respecto a España, cuando, luego de confesar su amor por su "eterna e inconmovible metafísica", dijo: "¿a qué puede conducir la exaltación de lo genuinamente vocacional, sino a encontrar las constantes católicas de nuestra misión en el mundo?".

Por eso, las naciones, y España entre ellas, tienen su ángel custodio, para que velen por la fidelidad colectiva a la misión nacional, para que puedan permanecer, hablando metafóricamente, en estado colectivo de gracia y vencer las tentaciones sucesivas que en el curso de la historia pretenden alucinarla y traicionar su vocación.

Pero hay más; el cumplimiento de esta misión y la fidelidad del patriota al asumirla y esforzarse personalmente en su logro, no desaparecen. Sabemos, por el apóstol San Pablo, que "caritas nunquam excidit" (I Cor, 13,8), que la caridad no desaparece, que deja huella, confirmando, configurando, tallando nuestro "yo", es decir, la intimidad profunda de nuestro propio ser. Por eso, si en la eternidad no habrá patrias como la de este mundo, cada hombre rescatado llevará el signo de su nacionalidad. El Apocalipsis (7,9), cuando contempla a la humanidad salvada se refiere a hombres de todas las naciones, lo que quiere decir que de alguna manera darán expresión de la patria terrena a la cual pertenecieron.

El patriotismo pleno consiste, pues, en el amor de caridad a la Patria como síntesis trascendente. El hombre no nace donde y cuando quiere, sino religado a un tiempo y un espacio, a una familia y a una patria; y más que pertenecerle todo ello, es a todo ello, recibido, a lo que pertenece. Lo que equivale a decir, con relación al tema que nos ocupa, que ese destino, el hombre lo forja en su patria, y que la patria, a su vez, en la que dentro de esa perspectiva hace su aparición lo divino, debe coadyuvar a lograrlo.

Escriba el P. Garrastachu, O. P., que hay muchas formas de robar, porque no sólo se roba quitando, sino que se roba también y por omisión, no dando. ¿Y acaso nosotros damos a España, en este momento decisivo, nuestro dolor, nuestro trabajo, nuestra sonrisa, nuestra oración y nuestro amor?

Los refranes españoles están llenos de sabiduría popular. Así como las jaculatorias son saetas breves que a Dios se dirigen, los refranes apiñan en pocas palabras experiencia de siglos. Uno de ellos dice así: "si pierdes el dinero, nada perdido. Si pierdes el tiempo, algo perdido. Si pierdes el corazón, todo perdido.»

Lo que, providencialmente, no debemos perder es el corazón, un corazón muy grande para seguir amando y sirviendo a España.

P. López.
Fuente: http://www.arbil.org/(18)mist.htm

viernes, 10 de marzo de 2017

LA AUTORIDAD COMO FUNDAMENTO DE LA POTESTAD

La crisis actual, antes que moral, es intelectual. 

La Iglesia católica tiene una doctrina política y social, que forma parte de sus enseñanzas. Sin embargo, desde hace mucho tiempo una porción creciente de los católicos se ha desentendido de ella. Tan creciente que hoy prácticamente esa doctrina es una desconocida. No por eso deja de ser menos vigente, pues no sólo es la doctrina de la Iglesia, sino que no es más que la perfección de la filosofía política natural.

La situación actual es de tal alejamiento del orden político natural que, dejando aparte puntuales acciones reivindicativas, hoy la principal tarea de los católicos en política es la preparación de mentalidades para un cambio futuro. El apostolado de la buena doctrina, también política.

Desde esta Cofradía vamos a poner nuestro granito de arena, reproduciendo un texto de Don Alvaro Maortua en la Revista Arbil, de la que formaba parte de su consejo asesor, y el enlace en pdf de libro del citado autor, todo un clásico:  "ESPAÑA, UNA CONCIENCIA HISTORICA PARA LA ESPERANZA".

EL ORDEN MORAL DEBE SER EL ORIGEN DE LA LEY:

El orden del Universo no puede ser percibido sino por medio de la Metafísica, la ciencia que se ocupa del ser, de la verdad y del bien por vía de razón: existe el conocimiento experimental y existe del mismo modo el conocimiento especulativo. Y el progreso humano corresponde tanto a la física como a la Metafísica y no a la una sin la otra. Esta es una cuestión difícil de entender en nuestros días en que asistimos a una verdadera muerte de la Metafísica.


Uno de los mayores logros del pensamiento occidental fue el de descubrir que el orden moral  coincide con la conservación del Universo mismo: en consecuencia la conculcación de ese orden moral produce una destrucción de ser; el mal carece de ser, es el no-ser, y por lo mismo sólo puede destruir. Una Humanidad en crecimiento de ser, esto es, comportándose de acuerdo con la Voluntad de Dios, es la única que progresa.



Los hombres descubrieron las nociones reales y metafísicas de Ley y de autoridad (auctoritas). Se reconocía a la Ley como un regalo que Dios hiciera a los hombres, en un misterioso acto de amor. En ella residía, además, la esencia misma de la creación.



Y este reconocimiento real y metafísico de la ley y de la "auctoritas", se complementó con la necesaria "potestas" o coerción, dando así lugar a las formas más maduras y civilizadas de la convivencia humana, causando un auténtico progreso de la humanidad, aunque en los primeros tiempos medievales la necesaria "potestas" o coerción se aplicara en algunos casos de manera excesivamente ruda.



Por su decisiva importancia para la suerte de la Humanidad, volveremos a ocuparnos sobre los actualmente desaparecidos conceptos reales y metafísicos de la ley y de la autoridad; y del también hoy desgraciadamente desaparecido distingo real entre legitimidad y legalidad.



Esto causa un daño gravísimo para las personas y los pueblos y es una de las notas características de la grave crisis del mundo actual, porque cuando los hombres destruyen la autoridad (auctoritas) desencadenan automáticamente sólo la coerción y entonces anárquica o relativista y arbitraria "potestas", que se sube sobre nuestra espaldas con la violencia de la tiranía.



La civilización de otras épocas fue superior en muchos aspectos esenciales o fundamentales a la civilización de la Edad Contemporánea o Revolución. Porque el orden político se asentó en la costumbre, pero sobre él se impuso la Ley de Dios; y así nació el principio del pacto político sinalagmático o contractualismo que quedó sometido al orden moral.


Alvaro de Maortua Picó +

"ESPAÑA, UNA CONCIENCIA HISTORICA PARA LA ESPERANZA"
Alvaro Maortua Picó +

jueves, 2 de febrero de 2017

PURIFICACION DE NUESTRA SEÑORA

Lucas 2,22-38

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor" y para ofrecer en sacrificio "un par de tórtolas o dos pichones", conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando sus padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Simeón, al ver a María y a José con el Niño Jesús, conoció por una revelación divina que era Cristo. Tomó entonces al Niño en sus brazos y bendijo a Dios y exclamó: Ahora puedes dejar morir en paz, Señor, a tu siervo, porque han visto mis ojos a tu Salvador, luz para las naciones y gloria de Israel. María y José admiraban sus palabras. Y vuelto a María le anunció: Este ha sido puesto para ruina y para resurrección de muchos; y como una señal de contradicción; y una espada atravesará tu alma.

lunes, 11 de enero de 2016

CIUDADELA: LO ORIGINARIO ANTE LOS VIENTOS DE LA HISTORIA

Ofrecer esta reflexión, ante la situación actual de nuestra querida Patria y la secularización propia del mundo moderno; que no es otra que la vuelta a la Tradición o si se quiere tradiciones, que nos configuraron como comunidad humana y política, y que no tiene nada que ver con el conservadurismo que criticaba Balmes, como conservadores de la revolución.


 Ciudadelas fueron las fortalezas que dominaban en una plaza de armas, ciudades fortalezas, las más representativas fueron edificadas en puertos y ciudades por la monarquía hispánica durante los siglos XVI y XVII en las Españas, baluarte defensivo frente a las amenazas exteriores y prevención ante posibles revueltas interiores producidas fundamentalmente por herejías y sus secundados motines. Ciudades fortalezas y ciudades defensoras de la Fe.

Ciudadela es también la obra no concluida de Saint-Exupery, en la que busca el renacer de un orden espiritual y social, quizás la que mejor describe su sentir existencialista; relata la terrible sinrazón del insensato, de nuestra época, que, rompiendo con su pasado y sin ninguna religación con los valores que le han hecho hombre, desconoce el encuadramiento existencial que supone el vivir en la mansión humana o ciudad.

Ciudadela, finalmente, viene del término latino civitas, etimológicamente significa ciudadanía, comunidad de estirpe civil de “nombre romano”, no en un sentido territorial concreto vinculado a la ciudad de Roma, sino en comunidad, generalizándose entre gentes libres, los llamados “peregrini” desde el siglo III por el emperador Caracalla; ese “orbe”, término en el que se fundamentan y derivan otros tales como ciudad y civilización.

Aristóteles definirá la ciudad como “la comunidad en el bien para alcanzar una existencia virtuosa”, al contrario de lo que predican los doctrinarios de las teorías de la economía política, en las que su fundamento es el aprovechamiento mutuo, las ventajas recíprocas, imperantes hoy; al respecto, dice el filósofo Griego “la Ciudad no consiste en la comunidad de domicilio, ni en la garantía de los derechos individuales, ni en las relaciones mercantiles”.

La Ciudad humana, como sintetiza magistralmente Rafael Gambra, es “mansión (con sus estancias) en el espacio y rito (con sus horas y días) en el tiempo”.

Ciudadela como ciudad, y en sentido romano civitas, ciudadano de la “orbe”, civilización, frente a los “bárbaros”. Los partidarios de la globalización pretenden sustituir “orbe” por “aldea global”, concepto que incurre conceptualmente en un contrasentido, puesto que la imagen de “aldea” o “urbe” nos comunica cercanía de sus miembros e incomunicación con lo lejano, mientras que “orbe”, es lo contrario, ciudad humana mayúscula, civilización, conjunto de manifestaciones culturales, artísticas y jurídicas que constituyen el estado social de las naciones en una época de la historia.

El “orbe” que en su edad media o clásica mejor se sustanció conforme a los principios naturales del hombre (instinctu naturae) fue la cristiandad, constituyendo e informando la época mas vigorosa y creativa de nuestra civilización, teniendo su blasón más representativo en el pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela.

La cristiandad, es pues, la realización temporal del cristianismo, su vertiente y la manifestación política y temporal de impregnación de ese orden.

La Europa que va desde Carlomagno hasta la reforma, y que continuará España en América, al menos hasta la llegada de la casa de Borbón, es lo que llamamos Cristiandad; una Europa con unas leyes, un sentir y un espíritu que inspiró el cristianismo al conjunto de las naciones pertenecientes, así se configuraron y tuvieron en ello su timbre de honor y su misión terrena. Cristiandad, esta palabra define la sustancia de una civilización.

Entender el concepto requiere su estudio, porque no todas las interpretaciones se ajustan al término; como la acuñada en el siglo XX por el filosofo francés Jacques Maritain, conocida como maritoniana, y en la que, bajo el pretexto de un enfoque tomista, en la práctica le confiere un significado prácticamente individualista, en el sentido de que cualquier acto social en el que se reúnan dos o más cristianos juntos, ya la manifiestan y así configuran, como por ejemplo el participar en una procesión o un acto folklórico-religioso, pero no es suficiente, sino que es una restricción y manipulación del término.

Tampoco faltan hoy quienes la contemplan simplemente desde un punto de vista historicista, hechos acaecidos, que se recuerdan solamente desde el punto de vista histórico, sin ningún sentido de utilidad fidedigna o de acicate para el futuro.

La cristiandad busca dar forma al conjunto de una nación, civilización, un orden cristiano completo, sustanciando las costumbres, informando leyes e instituciones, impregnando todo: las artes y las ciencias, la cultura, la familia, la economía y la universidad, y, de esta manera, ayudar a que todos los hombres puedan salvarse.

No eran tan diferentes los hombres de los siglos IX al XVII que los de ahora, pero la cristiandad estaba estamentada conforme a la organización política heredada de la época clásica, Grecia y Roma, la legitimidad de las normas establecida en la participación de los principios del iusnaturalismo (universalidad e inmutabilidad), y todas las cosas fundamentadas según los trascendentales del ser (el bien, la verdad y la belleza) que el cristianismo aporta, rigiendo así en la ciudad una manera de vivir que dirigía y concretaba todas las cosas en orden al bien común.

Naturalmente, y aunque el ambiente les ayudaba no todos los hombres fueron bien dirigidos, lógicamente hubo estafadores, gentes sin escrúpulos y sinvergüenzas de todo tipo, pero ello forma parte de nuestras inclinaciones y tendencias, el realismo de lo humano, renglones torcidos ante lo que bien se dirige.

El hecho más relevante es que en cuanto esta gran comunidad o mansión humana, que llamamos cristiandad informó a los pueblos, éstos florecieron y obtuvieron frutos muy duraderos; de lo contrario, habitualmente, no fue así; o bien fueron devastados en distintas circunstancias, o no consiguieron mantener una continuidad en el tiempo.

Aquellas evangelizaciones que no acabaron contando con el apoyo de un poder temporal o, al menos, con su respeto o tolerancia, que, muy pocas veces se dio, ni perduraron, ni florecieron. No terminaron, así, de cuajar, en el tiempo, las de Francisco Javier en Asia, muriendo incluso campanilla en mano a las puertas de China, llamando incansablemente a la gente a la salvación, o en una zona tan fructífera en los primeros siglos y con los primeros cristianos como fue el Asia menor, el Mediterráneo oriental y el norte de África, así tenemos las famosas Cartas de San Pablo a los Gálatas, Corintios y Efesios, la vida de grandes santos como San Agustín, obispo de Hipona, y su madre, Santa Mónica, Padres de la Iglesia, como Ignacio de Antioquía, Tertuliano y San Cipriano, entre otros, y famosos Concilios, como el de Éfeso y Calcedonia, siglo V, o el Concilio plenario de Cartago.

En algunos de estos lugares fue arrasada la civilización por invasiones: primero, de vándalos, y poco tiempo después, y de modo definitivo, por los sarracenos -así fue el caso del norte de África y Asia menor- en otros lugares y circunstancias históricas no consiguió arraigar y consolidar la expansión realizada, como ocurrió en el oriente asiático en los años que sucedieron a San Francisco Javier.

La única zona geográfica de las indias asiáticas en donde sí se dieron frutos perdurables fueron las Filipinas, y se debió al interés del Monarca que les dio nombre, Felipe II, y al desarrollo en ellas de la Hispanidad. Los distintos lugares donde no fructificaron fue generalmente debido a que no contaron detrás de ellas con unas instituciones o un gobierno que las velara, amparara y permitiera su maduración y consolidación en el tiempo; hoy en día, los problemas siguen siendo los mismos.

Al contrario resultó en otras zonas del hemisferio; así, los primeros cristianos fueron martirizados durante siglos, pero al irse desarrollando la evangelización, pasaron a ir contando con el apoyo de las instituciones del propio Imperio Romano que fueron informando.

Desde Constantino el Grande, hijo de Santa Helena, que, en el siglo IV, en agradecimiento por la victoria militar alcanzada en el Puente Silvio, promulga el Edicto de Milán, derogando las leyes contrarias a la libertad religiosa, reconociéndose primero, y que unos años mas tarde, desembocaría lógicamente en la oficialidad del Imperio, ya bajo Teodosio. Con los pies sobre roca firme, se combatirá la herejía y las invasiones bárbaras, y aunque San Agustín pudo ver cómo su mundo se desmoronaba, por la invasión de los bárbaros, observando incluso cómo llegaban los propios vándalos hasta su ciudad, la sustancia del nuevo mundo ya se había iniciado y penetrado vivamente la savia, y así, evangelizando la nueva situación, se conseguirá llegar a la plenitud de la cristiandad medieval.

España, con la abjuración del arrianismo en el tercer concilio de Toledo, superada la invasión Sarracena, y bien vacunada contra la herejía protestante debido a la gran reforma interior llevada a cabo por los Reyes Católicos y Cisneros, alumbrarán providencialmente la gran cristiandad en América, la Hispanidad, en la que se supo mantener detrás de la labor de los misioneros un gobierno e instituciones que velaban la labor de la civilización y evangelización, que, según las enseñanzas de la reina Isabel, en su propio testamento y en el de sus sucesores, se debía poner en ello todo el empeño.

La Hispanidad, esa gran obra que, lejos de ser polvo o ruinas, es una obra inacabada o una flecha a medio camino, como diría Ramiro de Maeztu. Este es el edificio de la cristiandad, y la moraleja, que, de aquellos pueblos que intentaron ser evangelizados, los que realmente triunfaron, contando con el eximio esfuerzo de los misioneros, fueron los que tuvieron detrás un apoyo real, el poder temporal, que la sostuvo en el tiempo, amparándolas y dándoles continuidad en el tiempo con un orden jurídico.

Ciudadela es pues ciudad fortaleza, que abriga a la civilización que le ha dado vida, defensa exterior e interior de la res pública. Así nos lo recuerda la famosa frase de Heráclito de “defended la ley y las murallas” de la comunidad; hoy en día tiene especial interés, porque si defender la ciudad de las agresiones externas es absolutamente necesario ante la dilapidación de la civilización, en la situación actual, debido a los procesos de auto voladura de las naciones, tiene especial importancia la defensa de las murallas interiores de la comunidad, porque son muchos los insensatos que la habitan, que, encandilados por el fluir de la historia, sin respeto por la comunidad histórica que los ha hecho hombres y sin criterios de autoridad moral, nihilistas y autodeterminados, buscan su propia descomposición.

Los países hispánicos y la Hispanidad tienen hoy su contrapunto en el concepto e idea de “alianzas de civilizaciones” que proponen los dirigentes de la comunidad política, término nada preciso, de tergiversación del lenguaje y manipulación de las palabras, al querer transmitirnos un enlace de cosmovisiones contra-históricas y antinaturales, indigenismos, nacionalismos rupturistas de las naciones, comunismos vigentes y culturales (gramscianos), liberalismos y progresistas de todo tipo (laicistas) como algo normal; métodos de la “modernidad”, buscando “reinventar” la norma con subversiones del orden natural, alejadas de lo originario que en los pueblos hispánicos es la hispanidad, nuestra original alianza.

Así es como, hoy en día, en nuestra época, se busca la desarticulación de todo orden tradicional con la manipulación y el engaño en la recuperación de la “memoria histórica”, sirviéndose, como nos dijo F. Scheler, de las “domesticadas reses modernas” del pensamiento único y políticamente correcto, la expectación ante “los signos de los tiempos” y el determinismo de los “vientos de la historia”; frente a estos insensatos, sofistas típicos de nuestra época, que en nombre de una llamada lógica racional, desconocen el valor de la norma y de las circunstancias ónticas que requiere el vivir humano; ese “homo”, al que, alegóricamente, se le podría comparar con una planta artificial que aparentemente puede parecer verdadera y tener buen aspecto, pero es de plástico y desustanciada, no es capaz de recibir ni el sol que le alumbra de lo alto (visión sobrenatural) ni el sustrato natural, el alimento, que le aporta la tierra (valor de lo recibido -tradición-), viviendo sin rumbo y aceleradamente, desconoce el valor misional que tiene la vida.

Frente a este “homo liberal” y liberado, contra este panorama, hay que llevar a cabo una auténtica revolución, no en el sentido marxista del término (que como tantos otros se emplea falsamente) que es el de la subversión, poniéndolo todo boca abajo, para derribar el valor de la ciudad y después con el solar vacío edificar la torre de babel correspondiente, sino, por el contrario, el de volver a los principios de la mística para purificar la praxis, es decir, volver a la pureza para renovar y dar nuevos bríos a la realidad temporal, como hicieron Santa Teresa o San Juan de la Cruz con el Carmelo, Cisneros y los Reyes Católicos en la España salida de la Reconquista o la magna obra española en la reforma de Trento.

La solución ante este “espectáculo” en el hombre, como persona, y en la comunidad humana o nacional, nos la recordó Juan Pablo II en su encíclica Redemptor Hominis, y consiste en “formar una escuela” donde se anteponga “la ética sobre la técnica y al espíritu sobre la materia”. Para ello, es preciso volver a elevar el espíritu a las fuentes de verdad y perseverar en nuestro objetivo, la defensa de la Ciudad, en nuestro caso de la Hispanidad, con su arquetipo de hombre de honor, así con su hidalguía de servicio a los demás, su anhelo espiritual y ensoñación, defendiendo como un tesoro sagrado la integridad de la Fe; entonces, es el seguro de hacerlo bien, porque, en el fondo, lo original no es sino lo originario.

Y frente a los tres gigantes de nuestra época, las grandes concupiscencias, la soberbia (de la vida), vanidad (de los ojos) y sensualidad (de la carne), que aplastan como un rulo al hombre moderno, ponemos a disposición las tres potencias del alma, al servicio de nuestro ideal: memoria (verdadera memoria histórica), entendimiento (para discernir con sabiduría) y voluntad (para ponerse en marcha); porque contrariamente, si la memoria se nos difumina, con el olvido o avergonzamiento de nuestra historia y tradición, el entendimiento, confuso y profuso sobre nuestra propia razón de ser, y la voluntad, sin un convencimiento, porque le falla el entendimiento y la memoria, se resigna como si de un “mal menor” o “bien posible” se tratare, a aceptar males gravísimos por considerarlos hechos consumados y frutos del determinismo histórico, asintiendo incluso en temas claves como la destrucción nacional por los separatismos, las familias contra-natura y actuaciones tan graves contra la vida, como son el aborto y la eutanasia. La voluntad se convierte, asimismo en muelle, la desgana y la acedía se apoderarán de ella.

Esta es por tanto, nuestra misión en un tiempo que nos ha sido asignado, frente a los que buscan subvertir el orden de la norma y reducirlo a las “esferas privadas” de las conciencias, una muy importante enseñanza evangélica, a través de dos bonitos pasajes que conocemos, el mandato de poner la otra mejilla cuando nos han abofeteado, y el de la expulsión y volcado de las mesas de los mercaderes del templo.

No se contradicen; la primera enseñanza, nos indica que ante las ofensas e injurias personales debemos poner la otra mejilla, como acto de humildad, y la segunda enseñanza, la expulsión de los mercaderes del templo, nos confirma la actitud positiva a actuar cuando se vulneran y pisotean los universales, principios y valores supremos que debemos servir a toda costa, muy por encima de nosotros mismos.

Es allí, donde se ponen de manifiesto la cobardía, indiferencia o complicidad, para donde el cardenal Ángel Herrera Oria, hablando de la virtud de la fortaleza, nos pedía: “No olvidéis que hay que dar a España más de lo que se da para toda empresa de carácter colectivo”.

Así pues, como en la obra Ciudadela de Saint-Exupery, tal si de un diario se tratase con la voz del príncipe del desierto a quien su padre el rey transmite, con hondura y poesía, la sabiduría de volver a las esencias de la ciudad y sus valores; enfatizar la ciudadela, como valor baluarte, muralla y fortaleza interior, de nuestra interioridad, en defensa de la integridad de los universales, y ciudadela, como ciudad humana, fortaleza exterior, defendiendo y no desustanciando, los fundamentos de una civilización.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

LUZ VERA


La Navidad, el tiempo litúrgico de la Navidad, con sus grandes celebraciones, debe ser el comienzo de un nuevo caminar, el tiempo de reflexión que debemos realizar sobre todo lo que significa y conlleva el nacimiento de Cristo: cumplimiento de la palabra divina; inicio del camino de la redención. Acompaña a ello el sublime misterio de la Encarnación y la aproximación más real de Dios al hombre. Momento idóneo, tiempo adecuado, para que cada cristiano inicie la redención interior y el camino hacia la "luz vera" en el año que se inicia, como nos dice el apostol San Juán.


Bajo el cielo de luces de colores que engalanan las calles de nuestras ciudades en las fechas entrañables y familiares de la Navidad; bajo el resplandeciente e ilusorio oscilar de las bombillas, se oculta o se difumina la pérdida, cada vez mayor, del sentido profundamente religioso que para los cristianos y para occidente debiera tener este tiempo. Parece que la Navidad se ha convertido, en realidad, en un pretexto, en una fiesta paganizada más que secularizada, consagrada al nuevo becerro de oro que es el consumismo más absoluto. Muy pocos se atreverían a poner en tela de juicio el sentido comercial que está adquiriendo la fecha, sin freno aparente, sobre cualquier otra interpretación. Difícilmente podría ser de otro modo en un tiempo marcado por el predominio de lo material y el imperio de la filosofía del estar y no del ser.

La humildad, consustancial al nacimiento de Cristo, recordada en todos y cada uno de los pesebres que todavía se exhiben en nuestros hogares, parece desaparecer, como una gran paradoja, cuando llega la Navidad. En muchos casos, la ostentación, el querer aparentar, el exceso, el situarse por encima de las propias posibilidades, el regalo como manifestación no del amor sino del prestigio, el poder y la posición social parecer ser la señas de identidad reales de la Navidad en la actualidad. La humildad perece, entre otras razones, porque el hombre olvida el eje, la razón verdadera, de la conmemoración y la celebración, quedando la fecha vacía del contenido permanente que le da vida.

La paganización, debido al aplastante proceso de secularización que tiene su matriz protestante como todo el mundo moderno, y que San Pío X, lo llamó modernismo, no es si no como dijo el santo Papa, en una frase demoledora: el sumidero de todas las herejías; esta secularización ha pasado en muchas ocasiones del tradicional Belén, los villancicos y la plaza a los grandes almacenes y centros comerciales. Porque si la tradición de las celebraciones en común –la cena- y el intercambio de regalos pueden ser positivos, el convertir esos actos, merced a las campañas publicitarias, en el objeto de la fiesta, en sí mismo, o en el despilfarro por imperativo social, no puede asumirse más que como la faz escandalosa y secularizada de la Navidad.

Esta secularización de las fiestas religiosas es ya un hecho innegable en Occidente. Lentamente, como si de una maniobra perfectamente planificada se tratase, se van borrando hasta las huellas culturales que mantienen vivos los últimos reductos del sentido real del tiempo navideño. El tiempo de Navidad se ha convertido hasta para los propios católicos, al menos en Europa porque en otros lugares del globo los procesos de secularización son más lentos aunque la mundialización queme las etapas de forma acelerada, en tiempo de tentación. En ocasiones no son las celebraciones religiosas las que importan, las que mueven, las que dinamizan; para una parte de los católicos son un adorno más. Otra bombilla, otra guirnalda que colgar en el hogar. El nuevo lugar de celebración, el otro gran atrio de la Navidad,

Las modas extrañas a nuestros parámetros, a nuestra herencia cultural, se van imponiendo. En muchos hogares, incluso cristianos el tradicional Belén, con las indulgencias que conlleva el ponerlo, es sustituido por el abeto de luces y colores; las guirnaldas, las campanitas, los bastones, los corazones y las composiciones a base de elementos vegetales copan los adornos. Los Reyes Magos y sus camellos sufren la dura competencia de Papá Noel o Santa Claus con sus renos y casitas. Junto a su representación para los niños aparece Santa Claus y su casita. Los niños depositan cartas a unos y otros de tal modo que sólo queda el regalo pero no el significado. La pugna ha quedado solventada magníficamente por la propaganda comercial que ve como se multiplican los ingresos merced a la duplicidad de los regalos y la fiebre consumista que bloquea el sentido economicista del hogar tradicional.

Por correlación con la Sagrada Familia, la Navidad tiene, asimismo, un significado profundamente familiar. Tiempo de reunión, de conmemoración; tiempo de recuerdo por los que ya no están, por los sitios vacíos en torno a la mesa, breves dosis de tristeza que todos apuramos. Pero ya no son sólo mesas incompletas por los que faltan, por los que se han ido, sino por lo que se ha roto. Familias cada vez más rotas, más desunidas, porque una parte importantísima de los matrimonios celebrados en los últimos años están hoy destruidos; porque las familias se rompen y muchos hijos viven con dolor silenciado el trauma y el drama de un día aquí y otro allí. Familias desestructuradas sin horizontes porque se ha abandonado la Norma. Fechas familiares cada vez más reducidas porque la secularización y la paganización convierten los días señeros en fiesta donde los jóvenes abandonan la mesa con el último bocado camino de la fiesta más cercana.

La Navidad es un tiempo difícil para los católicos que quieren vivirla como tales porque el peso mediático y social es inmenso, porque las costumbres se alejan de forma progresiva de los parámetros que podrían hacerlas compatibles con la creencia. Recuperar el verdadero sentido de la Navidad es una tarea más que nos corresponde frente a la imposición del modelo navideño secularizado y pagano. Y, a veces, combatir la tendencia es tan sencillo, tan simple, como mantener las tradiciones y cumplir con los preceptos.