viernes, 10 de marzo de 2017

LA AUTORIDAD COMO FUNDAMENTO DE LA POTESTAD

La crisis actual, antes que moral, es intelectual. 

La Iglesia católica tiene una doctrina política y social, que forma parte de sus enseñanzas. Sin embargo, desde hace mucho tiempo una porción creciente de los católicos se ha desentendido de ella. Tan creciente que hoy prácticamente esa doctrina es una desconocida. No por eso deja de ser menos vigente, pues no sólo es la doctrina de la Iglesia, sino que no es más que la perfección de la filosofía política natural.

La situación actual es de tal alejamiento del orden político natural que, dejando aparte puntuales acciones reivindicativas, hoy la principal tarea de los católicos en política es la preparación de mentalidades para un cambio futuro. El apostolado de la buena doctrina, también política.

Desde esta Cofradía vamos a poner nuestro granito de arena, reproduciendo un texto de Don Alvaro Maortua en la Revista Arbil, de la que formaba parte de su consejo asesor, y el enlace en pdf de libro del citado autor, todo un clásico:  "ESPAÑA, UNA CONCIENCIA HISTORICA PARA LA ESPERANZA".

EL ORDEN MORAL DEBE SER EL ORIGEN DE LA LEY:

El orden del Universo no puede ser percibido sino por medio de la Metafísica, la ciencia que se ocupa del ser, de la verdad y del bien por vía de razón: existe el conocimiento experimental y existe del mismo modo el conocimiento especulativo. Y el progreso humano corresponde tanto a la física como a la Metafísica y no a la una sin la otra. Esta es una cuestión difícil de entender en nuestros días en que asistimos a una verdadera muerte de la Metafísica.


Uno de los mayores logros del pensamiento occidental fue el de descubrir que el orden moral  coincide con la conservación del Universo mismo: en consecuencia la conculcación de ese orden moral produce una destrucción de ser; el mal carece de ser, es el no-ser, y por lo mismo sólo puede destruir. Una Humanidad en crecimiento de ser, esto es, comportándose de acuerdo con la Voluntad de Dios, es la única que progresa.



Los hombres descubrieron las nociones reales y metafísicas de Ley y de autoridad (auctoritas). Se reconocía a la Ley como un regalo que Dios hiciera a los hombres, en un misterioso acto de amor. En ella residía, además, la esencia misma de la creación.



Y este reconocimiento real y metafísico de la ley y de la "auctoritas", se complementó con la necesaria "potestas" o coerción, dando así lugar a las formas más maduras y civilizadas de la convivencia humana, causando un auténtico progreso de la humanidad, aunque en los primeros tiempos medievales la necesaria "potestas" o coerción se aplicara en algunos casos de manera excesivamente ruda.



Por su decisiva importancia para la suerte de la Humanidad, volveremos a ocuparnos sobre los actualmente desaparecidos conceptos reales y metafísicos de la ley y de la autoridad; y del también hoy desgraciadamente desaparecido distingo real entre legitimidad y legalidad.



Esto causa un daño gravísimo para las personas y los pueblos y es una de las notas características de la grave crisis del mundo actual, porque cuando los hombres destruyen la autoridad (auctoritas) desencadenan automáticamente sólo la coerción y entonces anárquica o relativista y arbitraria "potestas", que se sube sobre nuestra espaldas con la violencia de la tiranía.



La civilización de otras épocas fue superior en muchos aspectos esenciales o fundamentales a la civilización de la Edad Contemporánea o Revolución. Porque el orden político se asentó en la costumbre, pero sobre él se impuso la Ley de Dios; y así nació el principio del pacto político sinalagmático o contractualismo que quedó sometido al orden moral.


Alvaro de Maortua Picó +

"ESPAÑA, UNA CONCIENCIA HISTORICA PARA LA ESPERANZA"
Alvaro Maortua Picó +

jueves, 2 de febrero de 2017

PURIFICACION DE NUESTRA SEÑORA

Lucas 2,22-38

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor" y para ofrecer en sacrificio "un par de tórtolas o dos pichones", conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando sus padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Simeón, al ver a María y a José con el Niño Jesús, conoció por una revelación divina que era Cristo. Tomó entonces al Niño en sus brazos y bendijo a Dios y exclamó: Ahora puedes dejar morir en paz, Señor, a tu siervo, porque han visto mis ojos a tu Salvador, luz para las naciones y gloria de Israel. María y José admiraban sus palabras. Y vuelto a María le anunció: Este ha sido puesto para ruina y para resurrección de muchos; y como una señal de contradicción; y una espada atravesará tu alma.

lunes, 11 de enero de 2016

CIUDADELA: LO ORIGINARIO ANTE LOS VIENTOS DE LA HISTORIA

Ofrecer esta reflexión, ante la situación actual de nuestra querida Patria y la secularización propia del mundo moderno; que no es otra que la vuelta a la Tradición o si se quiere tradiciones, que nos configuraron como comunidad humana y política, y que no tiene nada que ver con el conservadurismo que criticaba Balmes, como conservadores de la revolución.


 Ciudadelas fueron las fortalezas que dominaban en una plaza de armas, ciudades fortalezas, las más representativas fueron edificadas en puertos y ciudades por la monarquía hispánica durante los siglos XVI y XVII en las Españas, baluarte defensivo frente a las amenazas exteriores y prevención ante posibles revueltas interiores producidas fundamentalmente por herejías y sus secundados motines. Ciudades fortalezas y ciudades defensoras de la Fe.

Ciudadela es también la obra no concluida de Saint-Exupery, en la que busca el renacer de un orden espiritual y social, quizás la que mejor describe su sentir existencialista; relata la terrible sinrazón del insensato, de nuestra época, que, rompiendo con su pasado y sin ninguna religación con los valores que le han hecho hombre, desconoce el encuadramiento existencial que supone el vivir en la mansión humana o ciudad.

Ciudadela, finalmente, viene del término latino civitas, etimológicamente significa ciudadanía, comunidad de estirpe civil de “nombre romano”, no en un sentido territorial concreto vinculado a la ciudad de Roma, sino en comunidad, generalizándose entre gentes libres, los llamados “peregrini” desde el siglo III por el emperador Caracalla; ese “orbe”, término en el que se fundamentan y derivan otros tales como ciudad y civilización.

Aristóteles definirá la ciudad como “la comunidad en el bien para alcanzar una existencia virtuosa”, al contrario de lo que predican los doctrinarios de las teorías de la economía política, en las que su fundamento es el aprovechamiento mutuo, las ventajas recíprocas, imperantes hoy; al respecto, dice el filósofo Griego “la Ciudad no consiste en la comunidad de domicilio, ni en la garantía de los derechos individuales, ni en las relaciones mercantiles”.

La Ciudad humana, como sintetiza magistralmente Rafael Gambra, es “mansión (con sus estancias) en el espacio y rito (con sus horas y días) en el tiempo”.

Ciudadela como ciudad, y en sentido romano civitas, ciudadano de la “orbe”, civilización, frente a los “bárbaros”. Los partidarios de la globalización pretenden sustituir “orbe” por “aldea global”, concepto que incurre conceptualmente en un contrasentido, puesto que la imagen de “aldea” o “urbe” nos comunica cercanía de sus miembros e incomunicación con lo lejano, mientras que “orbe”, es lo contrario, ciudad humana mayúscula, civilización, conjunto de manifestaciones culturales, artísticas y jurídicas que constituyen el estado social de las naciones en una época de la historia.

El “orbe” que en su edad media o clásica mejor se sustanció conforme a los principios naturales del hombre (instinctu naturae) fue la cristiandad, constituyendo e informando la época mas vigorosa y creativa de nuestra civilización, teniendo su blasón más representativo en el pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela.

La cristiandad, es pues, la realización temporal del cristianismo, su vertiente y la manifestación política y temporal de impregnación de ese orden.

La Europa que va desde Carlomagno hasta la reforma, y que continuará España en América, al menos hasta la llegada de la casa de Borbón, es lo que llamamos Cristiandad; una Europa con unas leyes, un sentir y un espíritu que inspiró el cristianismo al conjunto de las naciones pertenecientes, así se configuraron y tuvieron en ello su timbre de honor y su misión terrena. Cristiandad, esta palabra define la sustancia de una civilización.

Entender el concepto requiere su estudio, porque no todas las interpretaciones se ajustan al término; como la acuñada en el siglo XX por el filosofo francés Jacques Maritain, conocida como maritoniana, y en la que, bajo el pretexto de un enfoque tomista, en la práctica le confiere un significado prácticamente individualista, en el sentido de que cualquier acto social en el que se reúnan dos o más cristianos juntos, ya la manifiestan y así configuran, como por ejemplo el participar en una procesión o un acto folklórico-religioso, pero no es suficiente, sino que es una restricción y manipulación del término.

Tampoco faltan hoy quienes la contemplan simplemente desde un punto de vista historicista, hechos acaecidos, que se recuerdan solamente desde el punto de vista histórico, sin ningún sentido de utilidad fidedigna o de acicate para el futuro.

La cristiandad busca dar forma al conjunto de una nación, civilización, un orden cristiano completo, sustanciando las costumbres, informando leyes e instituciones, impregnando todo: las artes y las ciencias, la cultura, la familia, la economía y la universidad, y, de esta manera, ayudar a que todos los hombres puedan salvarse.

No eran tan diferentes los hombres de los siglos IX al XVII que los de ahora, pero la cristiandad estaba estamentada conforme a la organización política heredada de la época clásica, Grecia y Roma, la legitimidad de las normas establecida en la participación de los principios del iusnaturalismo (universalidad e inmutabilidad), y todas las cosas fundamentadas según los trascendentales del ser (el bien, la verdad y la belleza) que el cristianismo aporta, rigiendo así en la ciudad una manera de vivir que dirigía y concretaba todas las cosas en orden al bien común.

Naturalmente, y aunque el ambiente les ayudaba no todos los hombres fueron bien dirigidos, lógicamente hubo estafadores, gentes sin escrúpulos y sinvergüenzas de todo tipo, pero ello forma parte de nuestras inclinaciones y tendencias, el realismo de lo humano, renglones torcidos ante lo que bien se dirige.

El hecho más relevante es que en cuanto esta gran comunidad o mansión humana, que llamamos cristiandad informó a los pueblos, éstos florecieron y obtuvieron frutos muy duraderos; de lo contrario, habitualmente, no fue así; o bien fueron devastados en distintas circunstancias, o no consiguieron mantener una continuidad en el tiempo.

Aquellas evangelizaciones que no acabaron contando con el apoyo de un poder temporal o, al menos, con su respeto o tolerancia, que, muy pocas veces se dio, ni perduraron, ni florecieron. No terminaron, así, de cuajar, en el tiempo, las de Francisco Javier en Asia, muriendo incluso campanilla en mano a las puertas de China, llamando incansablemente a la gente a la salvación, o en una zona tan fructífera en los primeros siglos y con los primeros cristianos como fue el Asia menor, el Mediterráneo oriental y el norte de África, así tenemos las famosas Cartas de San Pablo a los Gálatas, Corintios y Efesios, la vida de grandes santos como San Agustín, obispo de Hipona, y su madre, Santa Mónica, Padres de la Iglesia, como Ignacio de Antioquía, Tertuliano y San Cipriano, entre otros, y famosos Concilios, como el de Éfeso y Calcedonia, siglo V, o el Concilio plenario de Cartago.

En algunos de estos lugares fue arrasada la civilización por invasiones: primero, de vándalos, y poco tiempo después, y de modo definitivo, por los sarracenos -así fue el caso del norte de África y Asia menor- en otros lugares y circunstancias históricas no consiguió arraigar y consolidar la expansión realizada, como ocurrió en el oriente asiático en los años que sucedieron a San Francisco Javier.

La única zona geográfica de las indias asiáticas en donde sí se dieron frutos perdurables fueron las Filipinas, y se debió al interés del Monarca que les dio nombre, Felipe II, y al desarrollo en ellas de la Hispanidad. Los distintos lugares donde no fructificaron fue generalmente debido a que no contaron detrás de ellas con unas instituciones o un gobierno que las velara, amparara y permitiera su maduración y consolidación en el tiempo; hoy en día, los problemas siguen siendo los mismos.

Al contrario resultó en otras zonas del hemisferio; así, los primeros cristianos fueron martirizados durante siglos, pero al irse desarrollando la evangelización, pasaron a ir contando con el apoyo de las instituciones del propio Imperio Romano que fueron informando.

Desde Constantino el Grande, hijo de Santa Helena, que, en el siglo IV, en agradecimiento por la victoria militar alcanzada en el Puente Silvio, promulga el Edicto de Milán, derogando las leyes contrarias a la libertad religiosa, reconociéndose primero, y que unos años mas tarde, desembocaría lógicamente en la oficialidad del Imperio, ya bajo Teodosio. Con los pies sobre roca firme, se combatirá la herejía y las invasiones bárbaras, y aunque San Agustín pudo ver cómo su mundo se desmoronaba, por la invasión de los bárbaros, observando incluso cómo llegaban los propios vándalos hasta su ciudad, la sustancia del nuevo mundo ya se había iniciado y penetrado vivamente la savia, y así, evangelizando la nueva situación, se conseguirá llegar a la plenitud de la cristiandad medieval.

España, con la abjuración del arrianismo en el tercer concilio de Toledo, superada la invasión Sarracena, y bien vacunada contra la herejía protestante debido a la gran reforma interior llevada a cabo por los Reyes Católicos y Cisneros, alumbrarán providencialmente la gran cristiandad en América, la Hispanidad, en la que se supo mantener detrás de la labor de los misioneros un gobierno e instituciones que velaban la labor de la civilización y evangelización, que, según las enseñanzas de la reina Isabel, en su propio testamento y en el de sus sucesores, se debía poner en ello todo el empeño.

La Hispanidad, esa gran obra que, lejos de ser polvo o ruinas, es una obra inacabada o una flecha a medio camino, como diría Ramiro de Maeztu. Este es el edificio de la cristiandad, y la moraleja, que, de aquellos pueblos que intentaron ser evangelizados, los que realmente triunfaron, contando con el eximio esfuerzo de los misioneros, fueron los que tuvieron detrás un apoyo real, el poder temporal, que la sostuvo en el tiempo, amparándolas y dándoles continuidad en el tiempo con un orden jurídico.

Ciudadela es pues ciudad fortaleza, que abriga a la civilización que le ha dado vida, defensa exterior e interior de la res pública. Así nos lo recuerda la famosa frase de Heráclito de “defended la ley y las murallas” de la comunidad; hoy en día tiene especial interés, porque si defender la ciudad de las agresiones externas es absolutamente necesario ante la dilapidación de la civilización, en la situación actual, debido a los procesos de auto voladura de las naciones, tiene especial importancia la defensa de las murallas interiores de la comunidad, porque son muchos los insensatos que la habitan, que, encandilados por el fluir de la historia, sin respeto por la comunidad histórica que los ha hecho hombres y sin criterios de autoridad moral, nihilistas y autodeterminados, buscan su propia descomposición.

Los países hispánicos y la Hispanidad tienen hoy su contrapunto en el concepto e idea de “alianzas de civilizaciones” que proponen los dirigentes de la comunidad política, término nada preciso, de tergiversación del lenguaje y manipulación de las palabras, al querer transmitirnos un enlace de cosmovisiones contra-históricas y antinaturales, indigenismos, nacionalismos rupturistas de las naciones, comunismos vigentes y culturales (gramscianos), liberalismos y progresistas de todo tipo (laicistas) como algo normal; métodos de la “modernidad”, buscando “reinventar” la norma con subversiones del orden natural, alejadas de lo originario que en los pueblos hispánicos es la hispanidad, nuestra original alianza.

Así es como, hoy en día, en nuestra época, se busca la desarticulación de todo orden tradicional con la manipulación y el engaño en la recuperación de la “memoria histórica”, sirviéndose, como nos dijo F. Scheler, de las “domesticadas reses modernas” del pensamiento único y políticamente correcto, la expectación ante “los signos de los tiempos” y el determinismo de los “vientos de la historia”; frente a estos insensatos, sofistas típicos de nuestra época, que en nombre de una llamada lógica racional, desconocen el valor de la norma y de las circunstancias ónticas que requiere el vivir humano; ese “homo”, al que, alegóricamente, se le podría comparar con una planta artificial que aparentemente puede parecer verdadera y tener buen aspecto, pero es de plástico y desustanciada, no es capaz de recibir ni el sol que le alumbra de lo alto (visión sobrenatural) ni el sustrato natural, el alimento, que le aporta la tierra (valor de lo recibido -tradición-), viviendo sin rumbo y aceleradamente, desconoce el valor misional que tiene la vida.

Frente a este “homo liberal” y liberado, contra este panorama, hay que llevar a cabo una auténtica revolución, no en el sentido marxista del término (que como tantos otros se emplea falsamente) que es el de la subversión, poniéndolo todo boca abajo, para derribar el valor de la ciudad y después con el solar vacío edificar la torre de babel correspondiente, sino, por el contrario, el de volver a los principios de la mística para purificar la praxis, es decir, volver a la pureza para renovar y dar nuevos bríos a la realidad temporal, como hicieron Santa Teresa o San Juan de la Cruz con el Carmelo, Cisneros y los Reyes Católicos en la España salida de la Reconquista o la magna obra española en la reforma de Trento.

La solución ante este “espectáculo” en el hombre, como persona, y en la comunidad humana o nacional, nos la recordó Juan Pablo II en su encíclica Redemptor Hominis, y consiste en “formar una escuela” donde se anteponga “la ética sobre la técnica y al espíritu sobre la materia”. Para ello, es preciso volver a elevar el espíritu a las fuentes de verdad y perseverar en nuestro objetivo, la defensa de la Ciudad, en nuestro caso de la Hispanidad, con su arquetipo de hombre de honor, así con su hidalguía de servicio a los demás, su anhelo espiritual y ensoñación, defendiendo como un tesoro sagrado la integridad de la Fe; entonces, es el seguro de hacerlo bien, porque, en el fondo, lo original no es sino lo originario.

Y frente a los tres gigantes de nuestra época, las grandes concupiscencias, la soberbia (de la vida), vanidad (de los ojos) y sensualidad (de la carne), que aplastan como un rulo al hombre moderno, ponemos a disposición las tres potencias del alma, al servicio de nuestro ideal: memoria (verdadera memoria histórica), entendimiento (para discernir con sabiduría) y voluntad (para ponerse en marcha); porque contrariamente, si la memoria se nos difumina, con el olvido o avergonzamiento de nuestra historia y tradición, el entendimiento, confuso y profuso sobre nuestra propia razón de ser, y la voluntad, sin un convencimiento, porque le falla el entendimiento y la memoria, se resigna como si de un “mal menor” o “bien posible” se tratare, a aceptar males gravísimos por considerarlos hechos consumados y frutos del determinismo histórico, asintiendo incluso en temas claves como la destrucción nacional por los separatismos, las familias contra-natura y actuaciones tan graves contra la vida, como son el aborto y la eutanasia. La voluntad se convierte, asimismo en muelle, la desgana y la acedía se apoderarán de ella.

Esta es por tanto, nuestra misión en un tiempo que nos ha sido asignado, frente a los que buscan subvertir el orden de la norma y reducirlo a las “esferas privadas” de las conciencias, una muy importante enseñanza evangélica, a través de dos bonitos pasajes que conocemos, el mandato de poner la otra mejilla cuando nos han abofeteado, y el de la expulsión y volcado de las mesas de los mercaderes del templo.

No se contradicen; la primera enseñanza, nos indica que ante las ofensas e injurias personales debemos poner la otra mejilla, como acto de humildad, y la segunda enseñanza, la expulsión de los mercaderes del templo, nos confirma la actitud positiva a actuar cuando se vulneran y pisotean los universales, principios y valores supremos que debemos servir a toda costa, muy por encima de nosotros mismos.

Es allí, donde se ponen de manifiesto la cobardía, indiferencia o complicidad, para donde el cardenal Ángel Herrera Oria, hablando de la virtud de la fortaleza, nos pedía: “No olvidéis que hay que dar a España más de lo que se da para toda empresa de carácter colectivo”.

Así pues, como en la obra Ciudadela de Saint-Exupery, tal si de un diario se tratase con la voz del príncipe del desierto a quien su padre el rey transmite, con hondura y poesía, la sabiduría de volver a las esencias de la ciudad y sus valores; enfatizar la ciudadela, como valor baluarte, muralla y fortaleza interior, de nuestra interioridad, en defensa de la integridad de los universales, y ciudadela, como ciudad humana, fortaleza exterior, defendiendo y no desustanciando, los fundamentos de una civilización.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

LUZ VERA


La Navidad, el tiempo litúrgico de la Navidad, con sus grandes celebraciones, debe ser el comienzo de un nuevo caminar, el tiempo de reflexión que debemos realizar sobre todo lo que significa y conlleva el nacimiento de Cristo: cumplimiento de la palabra divina; inicio del camino de la redención. Acompaña a ello el sublime misterio de la Encarnación y la aproximación más real de Dios al hombre. Momento idóneo, tiempo adecuado, para que cada cristiano inicie la redención interior y el camino hacia la "luz vera" en el año que se inicia, como nos dice el apostol San Juán.


Bajo el cielo de luces de colores que engalanan las calles de nuestras ciudades en las fechas entrañables y familiares de la Navidad; bajo el resplandeciente e ilusorio oscilar de las bombillas, se oculta o se difumina la pérdida, cada vez mayor, del sentido profundamente religioso que para los cristianos y para occidente debiera tener este tiempo. Parece que la Navidad se ha convertido, en realidad, en un pretexto, en una fiesta paganizada más que secularizada, consagrada al nuevo becerro de oro que es el consumismo más absoluto. Muy pocos se atreverían a poner en tela de juicio el sentido comercial que está adquiriendo la fecha, sin freno aparente, sobre cualquier otra interpretación. Difícilmente podría ser de otro modo en un tiempo marcado por el predominio de lo material y el imperio de la filosofía del estar y no del ser.

La humildad, consustancial al nacimiento de Cristo, recordada en todos y cada uno de los pesebres que todavía se exhiben en nuestros hogares, parece desaparecer, como una gran paradoja, cuando llega la Navidad. En muchos casos, la ostentación, el querer aparentar, el exceso, el situarse por encima de las propias posibilidades, el regalo como manifestación no del amor sino del prestigio, el poder y la posición social parecer ser la señas de identidad reales de la Navidad en la actualidad. La humildad perece, entre otras razones, porque el hombre olvida el eje, la razón verdadera, de la conmemoración y la celebración, quedando la fecha vacía del contenido permanente que le da vida.

La paganización, debido al aplastante proceso de secularización que tiene su matriz protestante como todo el mundo moderno, y que San Pío X, lo llamó modernismo, no es si no como dijo el santo Papa, en una frase demoledora: el sumidero de todas las herejías; esta secularización ha pasado en muchas ocasiones del tradicional Belén, los villancicos y la plaza a los grandes almacenes y centros comerciales. Porque si la tradición de las celebraciones en común –la cena- y el intercambio de regalos pueden ser positivos, el convertir esos actos, merced a las campañas publicitarias, en el objeto de la fiesta, en sí mismo, o en el despilfarro por imperativo social, no puede asumirse más que como la faz escandalosa y secularizada de la Navidad.

Esta secularización de las fiestas religiosas es ya un hecho innegable en Occidente. Lentamente, como si de una maniobra perfectamente planificada se tratase, se van borrando hasta las huellas culturales que mantienen vivos los últimos reductos del sentido real del tiempo navideño. El tiempo de Navidad se ha convertido hasta para los propios católicos, al menos en Europa porque en otros lugares del globo los procesos de secularización son más lentos aunque la mundialización queme las etapas de forma acelerada, en tiempo de tentación. En ocasiones no son las celebraciones religiosas las que importan, las que mueven, las que dinamizan; para una parte de los católicos son un adorno más. Otra bombilla, otra guirnalda que colgar en el hogar. El nuevo lugar de celebración, el otro gran atrio de la Navidad,

Las modas extrañas a nuestros parámetros, a nuestra herencia cultural, se van imponiendo. En muchos hogares, incluso cristianos el tradicional Belén, con las indulgencias que conlleva el ponerlo, es sustituido por el abeto de luces y colores; las guirnaldas, las campanitas, los bastones, los corazones y las composiciones a base de elementos vegetales copan los adornos. Los Reyes Magos y sus camellos sufren la dura competencia de Papá Noel o Santa Claus con sus renos y casitas. Junto a su representación para los niños aparece Santa Claus y su casita. Los niños depositan cartas a unos y otros de tal modo que sólo queda el regalo pero no el significado. La pugna ha quedado solventada magníficamente por la propaganda comercial que ve como se multiplican los ingresos merced a la duplicidad de los regalos y la fiebre consumista que bloquea el sentido economicista del hogar tradicional.

Por correlación con la Sagrada Familia, la Navidad tiene, asimismo, un significado profundamente familiar. Tiempo de reunión, de conmemoración; tiempo de recuerdo por los que ya no están, por los sitios vacíos en torno a la mesa, breves dosis de tristeza que todos apuramos. Pero ya no son sólo mesas incompletas por los que faltan, por los que se han ido, sino por lo que se ha roto. Familias cada vez más rotas, más desunidas, porque una parte importantísima de los matrimonios celebrados en los últimos años están hoy destruidos; porque las familias se rompen y muchos hijos viven con dolor silenciado el trauma y el drama de un día aquí y otro allí. Familias desestructuradas sin horizontes porque se ha abandonado la Norma. Fechas familiares cada vez más reducidas porque la secularización y la paganización convierten los días señeros en fiesta donde los jóvenes abandonan la mesa con el último bocado camino de la fiesta más cercana.

La Navidad es un tiempo difícil para los católicos que quieren vivirla como tales porque el peso mediático y social es inmenso, porque las costumbres se alejan de forma progresiva de los parámetros que podrían hacerlas compatibles con la creencia. Recuperar el verdadero sentido de la Navidad es una tarea más que nos corresponde frente a la imposición del modelo navideño secularizado y pagano. Y, a veces, combatir la tendencia es tan sencillo, tan simple, como mantener las tradiciones y cumplir con los preceptos.

jueves, 20 de agosto de 2015

AÑO JUBILAR DEL PILAR 2014-2015 -1975 AÑOS DE LA VENIDA DE LA VIRGEN MARIA EN CARNE MORTAL A ZARAGOZA-



La Reina de la Hispanidad.

Sobre el altar dorado que las flores
convierten en jardín de primavera,
he visto esta mañana mis amores:
la Virgen del Pilar y la bandera.

No hay para la Señora otra guirnalda
con las orlas más puras y más bellas
que la bendita insignia roja y gualda
salpicada de rosas y de estrellas.

Virgen gloriosa del Pilar sagrado,
guarda a tus hijos de la secta extraña,
no nos apartes nunca de tu lado
y por tu amor de madre salva a España.
El Papa Juan Pablo II, con voz poderosa y manifiesto cariño, nos decía aquí, a los pies del Pilar: 

«El amor mariano ha sido en vuestra historia fermento de catolicidad. Impulsó a las gentes de España a una devoción firme y a la defensa intrépida de las grandezas de María... Le impulsó además a trasplantar la devoción mariana al Nuevo Mundo descubierto por España, que de ella sabe haberla recibido y que tan viva la mantiene. Tal hecho suscita aquí, en el Pilar, ecos de comunión profunda ante la Patrona de la Hispanidad. Me complace recordarlo hoy»
 
¡Acudimos, gozosos, a la cita! Si la gratitud del pueblo canta «Bendita y alabada sea la hora en que vino a Zaragoza», un legítimo orgullo de hijos y españoles nos estimula, con el poderoso impulso del Papa, a proclamarle y demostrarle, de hecho y de derecho, Reina y Patrona de la Hispanidad.

Multitud de pueblos, extendidos por todo el planeta, cantan agradecidos y emocionados a Santa María del Pilar la «ópera grandiosa de su coronación».

Por nuestra parte, nos limitamos a presentar la partitura:

1.°, el concepto de Hispanidad, que es el pentagrama;
2.°, el fenómeno histórico de la difusión y encarnación -y son las notas, unas veces rápidas, otras solemnes, que en contrapunto vibrante y armonioso van cristalizando en una incomparable fuga grandiosa que se inició en una sola nota en el punto exacto del Santo Pilar y cuya sucesiva y creciente complejidad se ha ido haciendo catarata en los siglos-, para que,
3.°, ahora nosotros tornemos esa ópera, fuga o sinfonía incompleta y, cogiéndole el aire a la imponente danza cósmica de santuarios, peregrinaciones, instituciones, etcétera, sepamos estar a la altura para llenar los espacios de unas pautas que nos reclaman corno herencia y quehacer.

El concepto de Hispanidad

Aunque, por tratarse de una realidad vital, su contenido o sustancia tiene raíz, evolución e historia secular -como veremos-, la palabra Hispanidad es término acuñado en nuestros días.

Su principal valedor fue Monseñor Zacarías de Vizcarra. Él distinguía entre hispanidad con minúscula e Hispanidad con mayúscula: aquélla, con alcance geográfico, equivaldría al conjunto de pueblos de cultura y origen hispánicos, diseminados por los cinco continentes; ésta, con alcance ético-espiritual, la Hispanidad con mayúscula, significaría «el conjunto de cualidades que distinguen a los pueblos de estirpe y cultura hispánicas del resto de las naciones del mundo».

En el noble empeño de definirla, desarrollarla y difundirla, ocupan puestos de honor, junto a Monseñor Vizcarra, los profesores Ramiro de Maeztu y García Morente, el incomparable hablista «españoleador» García Sanchiz y el Cardenal Gomá. Y, en una perspectiva más amplia, referida más a la sustancia que al término, Juan Vázquez de Mella, verbo de la Hispanidad; Jaime Balmes, filósofo de la Hispanidad, y Donoso Cortés, profeta de la Hispanidad; Menéndez Pelayo, polígrafo de la Hispanidad, y Rubén Darío, poeta de la Hispanidad.

El Cardenal Gomá ofrece en su libro Hispanidad esta versión que enfila la sustancia medular del concepto, entendido como realidad y como proyecto: «Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a todos los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra como ésta de la Hispanidad, que comprenda y caracterice la totalidad de los pueblos hispánicos? La palabra está ya acuñada y la usamos todos. Según esto, ¿qué es la Hispanidad?» Y, entre cálidas expresiones que proclaman a su juicio la sublimidad y alcance del término, afirma: «Hispanidad es, ante todo, redención, que eso llevó España a América y a sus colonias: la Redención. La Hispanidad es vocablo ecuménico, susurra acentos de cristiandad, disuelve con su luz las diferencias, las razas y las fronteras y aspira a encarnarse en la Humanidad... Que en Oriente y en Occidente, en el Aquilón y en el Mediodía, se llegue a alabar a Dios con la dulce lengua de Fray Luis, ¡eso es Hispanidad!»

Muy pronto la idea y la palabra Hispanidad, que habían tenido tan ilustres valedores, tomaron cuerpo en una serie de decretos, organismos e instituciones.

«La partida de bautismo de la Hispanidad».

Se trata de una proposición que hacía Simón Bolívar, el héroe de la independencia americana, tan celebrado en nuestros días, a la corona de España, a través de su embajador en Londres, don Francisco Antonio de Zea, para que se pusiera definitivamente fin a la guerra entre España y América y se establecieran las bases de una futura fraternidad, con la constitución de una federación hispano-americana. En dicho documento, junto al cese de hostilidades y la independencia americana, se propone una alianza entre la Gran Colombia y España con el resto de las naciones americanas, igualdad de derechos para españoles y americanos y eliminación de aduanas.

El proyecto se abre camino

Casi exactamente un siglo después de la invitación de Simón Bolívar, el año 1917, un decreto del Presidente de la República Argentina, Hipólito Irigoyen, declaraba el 12 de octubre «Día de la Raza y Fiesta Nacional». Con él daba satisfacción, según indica, al «memorial presentado por la Asociación Patriótica Española, a la que se han adherido todas las demás Sociedades Españolas y diversas Instituciones Argentinas, científicas y literarias». Y en sus diversos artículos aporta las razones de fondo que aconsejan tal decisión:

1.° Que el descubrimiento de América es el acontecimiento de más trascendencia que haya realizado la Humanidad a través de los tiempos.
2.° Que se debió al genio hispano, al identificarse con el genio de Colón, una efemérides tan portentosa, «que no quedó circunscrita al prodigio del Descubrimiento, sino que se consolidó en la conquista, empresa esta tan ardua y ciclópea que no posible término de comparación en los anales de todos los pueblos. Y
3.° Que la España descubridora y colonizadora volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, la labor de sus menestrales, y con la aleación de todos estos factores obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad que hoy florece en las naciones a las que ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos afirmar y mantener con jubiloso reconocimientos.

Al año siguiente del decreto Irigoyen, en Argentina, el rey de España, Alfonso XIII, establecía, por un decreto de rango similar, el 12 de octubre como Fiesta de la Raza y Fiesta Nacional. Muy rápidamente estos primeros conatos de aire festivo van transformándose en realidad latente que impregna toda una política nacional.

Tras el final victorioso del Alzamiento Nacional, el nuevo Estado incorpora a sus principios animadores la concepción de España como «eje espiritual del mundo hispánicos», con un claro propósito de alianza y hasta de fraterna unidad con aquellas naciones entrañables. En esta línea hay que colocar la creación, por un decreto firmado por Francisco Franco el 2 de noviembre de 1940, del Consejo de la Hispanidad. En él se tiene buen cuidado en destacar que «no le mueve a España, en esta decisión, ningún tipo de apetencias hegemónicas o de tierras y riquezas ajenas». «Ante el espíritu materialista -se dice que todas las ambiciona para sí-, España nada pide ni nada reclama; sólo desea devolver a la Hispanidad su conciencia unitaria y estar presente en América con viva presencia de inteligencia y amor, las dos altas virtudes que presidieron siempre nuestra obra de expansión en el mundo, corno ordenó en su día el amoroso espíritu de la Reina Católica». Este Consejo de la Hispanidad dio paso inmediatamente, para potenciar su operatividad y coordinación, al Instituto de Cultura Hispánica, desde cuya casa madre en Madrid nacieron, en un breve espacio de tiempo, más de un centenar de filiales en toda América.

La Hispanidad, fiesta nacional

No casaba con el sentido ecuménico de la gesta española el carácter selectivo y en cierto modo excluyente de un Día de la Raza, que además, tras la segunda guerra mundial se entendía mal, bajo el amparo de la Madre común. Por eso aquélla dio paso a la nueva Fiesta de la Hispanidad el año 1958. Ya en el siglo pasado, al celebrarse el cuarto centenario del descubrimiento, un real decreto, firmado en el monasterio de la Rábida, el 12 de octubre de 1892, bajo la regencia de doña María Cristina de Habsburgo, expresaba el claro propósito de instituir como fiesta nacional el aniversario del día en que las carabelas, que habían partido de Palos de Moguer el 3 de agosto anterior, aprobaron en las ensenadas naturales de la isla de Guanahaní. Pero el definitivo establecimiento se daría en nuestros días. El 12 de octubre del año 1939 comenzaban en Zaragoza las solemnes conmemoraciones oficiales del Día de la Hispanidad, que habría de celebrarse ya, sin solución de continuidad, aunque alternando los lugares que habrían de servirle de noble marco, para darle una más clara amplitud dentro de las naciones. Por fin, un decreto de la Presidencia del Gobierno, de 9 de enero de 1958, razona y decide:

«Dada la enorme trascendencia que el 12 de octubre significa para España y todos los pueblos de América Hispana, el 12 de octubre será fiesta nacional, bajo el nombre de "Día de la Hispanidad".»

El fenómeno histórico, difusión y sentido

Observará el lector que, en un tema como éste, tan propicio a exaltaciones, o al menos a posibles expansiones retóricas, nos mantenemos en términos de una ascética sobriedad. Y lo hacemos con toda intención, en servicio de la objetividad. Son los hechos los que cantan y ¡con qué sonoridad! Sean ellos, pues, los que lleven la voz cantante al presentar a Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza como Reina y Patrona de la Hispanidad. Hechos, instituciones, lugares, documentos y monumentos: éstos son los avales de un fenómeno histórico indiscutible y de su perceptible sentido trascendente y pilarista.

La fecha original

Si bien se sostiene, sobre todo a raíz de las revelaciones de la Madre Ágreda, que, de acuerdo con la tradición, la Virgen Santísima vino a Zaragoza desde Jerusalén y en carne mortal, para consolar al Apóstol Santiago, en la noche que va del 1 al 2 de enero del año 40 de nuestra era, tenemos noticias muy fiables de que la fiesta mayor se celebraba ya el 12 de octubre en pleno siglo XII., Como oportunamente estudió y publicó F. Gutiérrez Lasanta, existe una «Carta de concordia entre los Obispos de Pamplona y Zaragoza», que lleva la fecha de 12 de octubre del año 1121, «fiesta de la Dedicación de la Iglesia de Zaragoza». Parece que esta fiesta se corresponde con la Iglesia de Santa María del Pilar, ya que, conquistada Zaragoza por el Batallador en el año 1118, parece que las únicas iglesias con relevancia que quedaban en la ciudad, tras la larga dominación musulmana, eran la de las Santas Masas y la de Santa María. Es cierto que don Pedro de Librana, el primer Obispo tras la reconquista de la ciudad, procedió a habilitar e inaugurar muy pronto un brazo de la antigua mezquita mayor, que con el tiempo se convertiría en la Catedral de La Seo. Pero, por otro lado, hay un manuscrito (n.° 1.582 de la Biblioteca Nacional) del canónigo de La Seo don Juan Briz Martínez, que, aunque fechado ya en 1642, es muy interesante a nuestro propósito, ya que en él se alude clara y directamente a la fiesta de la Dedicación y la adjudica a la Santa Capilla del Pilar, por varias razones:

1.° La Carta de Concordia entre los Obispos de Zaragoza y Pamplona, en que -como hemos señalado previamente, pero el escrito se hace eco de la misma se señala la fecha de 1121 corno de la Dedicación de la Iglesia de Zaragoza, sólo cuatro años después de la conquista; y el rey Alfonso inauguró La Seo no en ese día, sino el 6 de enero. Y

2.° Cita al padre Fray Diego Murillo como muy bien documentado que sostiene lo mismo. (La obra aludida de Fray D. Murillo se titula Fundación milagrosa de la Capilla Angélica de la Virgen del Pilar y su fecha de edición es 1616.) El P. Murillo, en efecto, aduce incluso una sentencia de la Rota del 18 de junio de 1610 en este sentido. Hay, además, una carta que escribe en 1602 el canónigo del Pilar Bartolomé Llorente al canónigo de La Seo Bartolomé Leonardo de Argensola, sobre este mismo tema de la Dedicación y fiesta del 12 de octubre. En esta interesantísima carta, que no podernos transcribir por razón de espacio, pero que el lector podrá consultar en la citada obra de G. Lasanta (volumen 8.1) certifica que esta fiesta del 12 de octubre que los canónigos del Pilar vienen celebrando desde fechas muy remotas, como lo fue desde el principio hasta la toma de Zaragoza -dice textualmente-, tuvo como centro la memoria de la milagrosa aparición de Nuestra Sefíora al Apóstol Santiago, el cual -se dice-, por mandato de la Virgen, le edificó y dedicó el templo. La carta tiene como motivo fundamental certificar de la antigüedad y pertenencia de la fiesta a la Iglesia del Pilar y comunicar que, junto a la gran solemnidad que ha cobrado la celebración desde hace algunos años, desde esa fecha de 1602 tendrá lecciones propias.

Los misales

A refrendar la tesis viene ahora la referencia a los misales de la biblioteca del Cabildo zaragozano. Uno del siglo xv (sin que se concrete más su fecha) y otros correspondientes a los años 1486, 1522, 1540, 1554 y 1555, todos ellos repiten la misma nota: «12 de Octubre. Fiesta de la Dedicación de la iglesia de Santa María la Mayor y del Pilar». Y siguen algunos detalles en torno al rito y tenor de la solemnidad. Hemos creído interesante detenernos en las precedentes consideraciones en torno a la fecha exacta y antigüedad de la fiesta, ya que por sí misma es de gran valor en orden al título que proclamamos de Santa María del Pilar de Zaragoza sobre la Hispanidad. No está en dependencia la fecha del 12 de octubre, en que Zaragoza celebra las fiestas mayores en honor de Santa María del Pilar, de aquel otro venturoso 12 de octubre del año 1492, en que las naves de Colón tocaron las tierras del Nuevo Mundo. Tampoco, efectivamente, tenemos humanamente razones para afirmar la dependencia del descubrimiento de la solemnidad pilarista. Pero nadie nos puede prohibir que, cristianamente, juzguemos providencial la coincidencia y que alberguemos en nuestro interior la exultante sospecha de que Dios quiso que, a partir de aquel 12 de octubre de 1492, ya no fuera sólo un templo hermoso a las orillas del Ebro el dedicado a su memoria, sino que en una versión plástica y moderna de su propia «buenaventura evangélicas: «Me llamarán bendita todas las generaciones», su santuario se extenderá por todo el universo y las estrellas de la corona zaragozano se multiplicarán prodigiosamente en una constelación inabarcable de templos, imágenes, lugares y, sobre todo, de corazones.

Toponímia

Y de las sospechas pasamos a las realidades. Si a la hispanidad con minúscula, la geográfica, según la distinción establecida por Monseñor Vizcarra, añadimos el adjetivo de pilarista como sello específico, no cabe duda de que podemos afirmar, sin ningún tipo de reserva, que existe una geografía pilarista extendida por todo el mundo. Multitud de ríos, montañas, pueblos, calles, departamentos enteros, más allá de nuestras fronteras, se denominan y se honran con el santo nombre de Pilar. «Brasileños, guaraníes, gauchos, aztecas, quechúas y araucanos, tagalos y malayos, negros y pieles rojas; entre cafetales, cocoteros y campos de cañas -destaca y resume poéticamente G. Lasanta (o. c.)-, junto a las plantaciones aromáticas de tabaco de las más famosas vegas; rodeada de las grandes ganaderías vacunas y caballares de la Pampa y entre las leyendas y mágicos embrujos de las minas de oro, plata y diamantes ... » Por todas las partes de América y por otras lejanísimas latitudes emerge señorial y maternal, señalando el cielo como las torres de nuestra basílica o acogiendo y cobijando a los hijos de todos los colores como sus cúpulas, la Señora y Madre del Pilar. Ninguna demostración mejor de nuestras afirmaciones que reproducir el mapa toponírnico publicado por la revista «Doce de Octubre» del año 1973, del que son autores Hernán Escobar, director del Archivo Histórico de Colombia, y Juan Álvarez Anoro, de Zaragoza. Y nos remitimos a su detallado índice, cuya sola enumeración resulta abrumadora.

Está por realizar un estudio sistemático de esta exuberante realidad, con amplísima proyección en América Hispana y Filipinas, sobre todo, pero no en exclusiva. Cofradías y peregrinaciones son como el oleaje superficial, el flujo y reflujo permanente de una devoción que va y viene, que nace como poderosa corriente en el Pilar zaragozano y que a él retorna unas veces con serena quietud y otras como hemos de peregrinaciones organizadas, con abundantes, desde el siglo xv hasta nuestros Son la respuesta agradecida de pueblos que han recibido la luz del Evangelio y han conocido de dónde partió el impulso. La sacristía y los muros del Santo Templo están llenos de recuerdos y magníficos. ¿Cómo le pagaremos a la Madre?, se preguntan, abrumadas, los pueblos creyentes. Y junto a sus mejores joyas, instrumentos, galas, los pueblos han rivalizado en regalarle mantos y muchos le ofrecen toda la nación como dote, expresada en su bandera.

Al cumplirse el primer centenario de la guerra de los Sitios y casi de la independencia americana, diecinueve repúblicas quisieron reconocer su gozosa dependencia de la Virgen del Pilar presentándole otras tantas banderas que previamente había bendecido en Roma San Pío X, que se unió fervorosamente al sentido de la ofrenda.

Herencia y quehacer

Sin poder abarcar, ni mucho menos, la gloriosa herencia, ella y el tiempo nos impulsan a vivir nuestro presente y avistar el futuro como un honroso quehacer. Afirmamos con el profesor Corts Grau que «el ideal hispánico es materia perenne». Y con el penúltimo director del tristemente fenecido en nuestra patria Instituto de Cultura Hispánica, don Gregorio Marañón Moya, sostenemos que la Hispanidad es «una categoría por encima del espacio y del tiempo. Pertenece al presente y al pasado, pero ha de ser ante todo un quehacer para el futuro. La palabra Hispanidad expresa lo que es común a los hombres y los pueblos hispánicos, lo que les da una relación peculiar entre ellos mismos y los distingue de los demás. La Hispanidad no es una unidad de raza, ni siquiera un idioma común. Lo que da carácter a la Hispanidad, lo que en ella ata y vincula es, sobre todo, un mismo sentido de vida.»

Como dice Álvaro Castellano Arés (Sentido único de la Hispanidad, «Doce de Octubre», 1944), que fue director de la Academia de la Hispanidad de Salamanca, «García Morente coincidió con Ramiro de Maeztu en atribuir un origen absolutamente cristiano a la Hispanidad, al tiempo que afirma que el cristianismo es algo consustancial con la misma idea». También aquí los hechos y los testimonios cantan. Hace unos años, cuando España recibía una vez más los ataques desconsiderados a su obra en América, de parte de un sector de la Administración norteamericana, un anglosajón y protestante, de la categoría de Arnold Toynbee, dictaba en la Universidad de Pensilvania dos conferencias en las que, frente al sentido anglosajón del imperio, contraponía el sentido espiritual en la colonización llevada a cabo por los pueblos hispanos o ibéricos. Y pronunciaba las siguientes palabras que parece mentira no hayan tenido más difusión entre nosotros: «Los hispanos y portugueses, cristianos y católicos, han llevado a cabo un sentido colonizador distinto: no sólo comen su pan con los indígenas que han civilizado, sino que se casan con ellos. ¡Dios los bendiga! Si la raza humana alguna vez llega a unirse en una sola familia, será gracias a ellos, no a nosotros.»

Sabiéndose hijos de Dios y reconociendo en aquellos seres la misma vocación y comunidad de destino, la consecuencia lógica fue una simbiosis fraternal y un legado testimonial que certifica para la historia de forma irrebatible su categoría: el «mestizaje». Con el sano deseo de que la Hispanidad no se quede en nuestras manos como un recuerdo glorioso o como simple retórica vacía, en nuestros días, aparte de ir despertando oportunamente en todos la conciencia sana de que formamos una gigantesca comunidad, una y plural, como ocurre con los hijos de una familia de trescientos millones de habla española, se hacen proyectos y se dan unos primeros y meritorios pasos en orden a crear un Mercado Común Iberoamericano y se aboga, elevando el tono, por un Mercado Común Cultural que, recordémoslo, empezó con la conquista y ¡de qué manera!: a los cincuenta años de poner su pie Colón en América, se habían trasplantado allí todas nuestras instituciones.

Pero, con ser todo ello laudable y noble, el empeño que se nos reclama hoy es, sin duda, de más altos vuelos: se trata de mantener y avivar la fe cristiana que fue y debe seguir siendo la columna vertebral de nuestra epopeya colonizadora. Diversas iniciativas han brotado en los tiempos modernos, a la sombra del Pilar, para llevar al mundo esta renovada savia que es, con mucho y como ha recordado repetidamente el Papa a todo el Occidente cristiano, el factor esencial de su personalidad y su verdadera grandeza.

En 1949 nacía la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana, para promover y orientar las vocaciones sacerdotales a las tierras americanas. Fruto de ello ha sido la generosa y, con frecuencia, heroica marcha de centenares de sacerdotes, y últimamente también seglares, que han quemado su existencia en el empeño con admirables frutos. Hoy, cuando vivimos una profunda crisis moral y espiritual en el viejo continente y España no es precisamente una excepción, al proponernos la Hispanidad como quehacer, no podemos ocultar nuestra preocupación por la enorme responsabilidad que pesa sobre la Madre Patria de no trasplantar la crisis a aquellas tierras, lo que sería una ligereza imperdonable. Y ninguna garantía mejor que una fe alimentada y depurada en una auténtica devoción a María, Reina y Patrona de la Hispanidad.

Estas palabras del Papa, pronunciadas aquí en Zaragoza, a los pies del Pilar, son el mejor impulso a este propósito:

«Esa herencia de fe mariana de tantas generaciones, ha de convertirse no sólo en recuerdo de un pueblo, sino en punto de partida hacia Dios. Las oraciones y sacrificios ofrecidos, el latir vital de un pasado, que expresa ante María sus seculares gozos, tristezas y esperanzas, son piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe mariana. Porque en esta continuidad religiosa, la virtud engendra nueva virtud. La gracia atrae gracia. Y la presencia secular de Santa María va arraigándose a través de los siglos, inspirando y alentando las generaciones sucesivas. Así se consolida el difícil ascenso de un pueblo hacia lo alto.»

Por eso, apoyados en el Santo Pilar de Zaragoza, que, en expresión del Pontífice Juan Pablo II, «ha sido siempre considerado como el símbolo de la firmeza de la fe de los españoles», alentados e inpulsados, como Santiago, por sentida cercanía de la Madre buena universal, recibimos el «testigo» de la tradición gloriosa y, sin perder comba, hemos de lanzarnos a la carrera, en la alegre seguridad de que, si no desmayamos ni nos salimos de pista, seguirá creciendo esa gloriosa comunidad de destino que llamamos Hispanidad.

Rev. D. Arturo Lozano Burzurí. +

Archivero Diocesano
Fuente: http://www.arbil.org/arbil127.htm


viernes, 5 de diciembre de 2014

CELEBRACION DE LA INMACULADA CONCEPCION DE MARIA


La Inmaculada Concepción de María, una de nuestras fiestas más importantes y Patrona de nuestra querida España, a la cual nos encomendamos en estos momentos dificiles, con estos versos hermosos e hispanicos de Mosén Jacinto Verdaguer:

“Oh Virgen inmaculada,
por vuestra Concepción,
de España Reina amada,
salvad vuestra Nación.
Vos, María, sois la estrella
que guió España al Nuevo Mundo,
la del alba hermosa y bella
de la gloria que se nos pone.
Oh María, hermosa estrella,
resplandecéis de España en la frente.
Cuando su Reina era María,
nuestro reino era el más grande
su bandera al mundo cubría
desde América a Lepanto.
Si a reinar volviera María
sus grandezas volverán.
Vos de España sois la gloria,
vos el sol del Principado;
nuestra patria y nuestra historia
vos, oh Virgen, nos lo has dado:
tronos son de vuestra gloria
Covadonga y Montserrat”
Mosén Jacinto Verdaguer 


Además celebramos el verdadero día de la Madre, como ha sido siempre,  el 8 de Diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, que además de modelo para todas las madres es la Madre común de todos los hombres.

La definición del dogma de la Inmaculada Concepción:

"...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles..." (Bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX)
 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

FIESTA DE CRISTO REY

Celebrada nuestra Fiesta del Patrocinio de Nuestra Señora el pasado día 9 de noviembre, y ofrecida la Santa Misa por los difuntos cofrades;
el próximo 23 de noviembre la Iglesia celebra la solemnidad de NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO, es una fiesta que siempre cierra el Año Litúrgico en el que se medita la predicación y el anuncio del Reino de Dios. Se celebra el quinto domingo antes de la fiesta de la Navidad, instituida litúrgicamente por el papa Pío XI, el 11 de diciembre de 1925. Lo confesamos supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas.

Evangelio según san Juan:
“Jesús le contesto [a Pilato]: –Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, tendría gente a mi servicio que pelearía para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Le preguntó entonces Pilato: –¿Así que tú eres rey?
Jesús le contestó: –Tú lo has dicho: soy rey. Yo nací y vine al mundo para decir lo que es la verdad. Y todos los que pertenecen a la verdad, me escuchan.”
(Jn 18, 36-37)

EL REINO DE CRISTO NO ES DE ESTE MUNDO, 
PERO SE INCOA EN ESTE MUNDO.

Cristo es Dios, es hombre y es Rey. Los Magos, que vinieron al pesebre bajo la luz insólita y desacostumbrada de una estrella, lo reconocieron y lo proclamaron así, asumiendo la representación de la humanidad toda y ofreciéndole, como nos recuerda el evangelista San Mateo, (II, 11), oro de Rey, incienso como Dios y mirra como hombre. Y Cristo - la Palabra sin palabras durante la niñez desvalida - contestará más tarde; luego de transcurrir 33 años- con un triple; sí; a ese triple ofrecimiento. A la pregunta de Caifás durante el proceso religioso, ¿eres Dios?, Cristo responde: Tu dixisti (Mt XXVI, 64). A la pregunta de Pilato, durante el proceso civil, ¿eres Rey?; replica: Ego sum (Mt XXVII, 11; Mc XV, 2; Lc XXIII, 3; Jn XVIII, 37). A la pregunta, inquisitiva y escudriñadora, de los que le habían considerado como un fantasma, les dice entre los suspiros de la agonía: consummatum est, dando, con su muerte, el testimonio más inequívoco de su perfecta humanidad. El misterio de la realeza de Cristo; uno más en el tejido hipostático y siempre histórico de Jesús, que tanto admiraba el apóstol Pablo, se conjuga con su misión redentora, recapituladota y recreadora y con sus poderes sacerdotales y proféticos.

Interesa destacar que el adelgazamiento operativo y la minimización progresiva de la fiesta que instituyó Pío XI al conmemorarse, en el año 1.925, los 1.600 años del Concilio de Nicea, se debe a que las causas que motivaron la institución de aquella festividad litúrgica, han producido consecuencias mucho más graves de las que, sin duda, el Pontífice autor de la Encíclica Quas Primas , del 11 de diciembre de 1925, hubiera podido sospechar o predecir. Hablaba, en efecto, el Pontífice, de la del laicismo como fundamento de una serie de males a los que la festividad de Cristo Rey, con las necesarias exigencias que la misma comportaba, pondría el deseado remedio. Naturalmente que cuando el Papa hacía referencia al laicismo, como proceso secularizador, tenía presente al ciudadano y a la sociedad civil. No podría imaginarse el Papa, al imputar al laicismo el hecho doloroso de que la Religión cristiana quiera ser igualada a las demás religiones falsas y rebajada, indecorosamente, al nivel de éstas, queriendo crear un sincretismo religioso global.

Ciertamente que el Papa no condenó la autonomía del orden temporal, ni la dignidad y libertad del hombre, exaltada por el Concilio Vaticano II. En su interpretación correcta, aquella autonomía no es independencia de la ley divina, sino reconocimiento de que al lado de la normativa eclesiástica, existe un juego de leyes que discurren con arreglo a formulaciones en las que desde un punto de vista ontológico, la Iglesia nada tiene que decir. Esto es lo contingente, lo que es elegible, se puede escoger en cuanto que así han sido queridas por Dios fruto de la diversidad humana, así sucede con el cálculo de la resistencia de los materiales, los métodos de exposición didáctica o el trazado de una línea de ferrocarril. La dignidad y la libertad del hombre, por otra parte, nunca encontrarán más ardoroso y tenar defensor que en la Iglesia católica. Lo que sucede es que, retorciendo el significado de las expresiones, el laicismo pretendía y pretende, manteniendo su identidad, romper el triángulo Dios-hombre-mundo, aplastándolo y reduciéndolo a una línea horizontal en la que Dios, como vértice elevado, pero unido a los otros, desaparece.

El orden temporal, enmarcado en el Cosmos, tiene, a lo sumo, como en la fórmula teilhardiana, un principio y un fin, un alfa y un omega, un punto de partida y un punto final. En esa fórmula, incluso la Encarnación del Verbo no es más que una irrupción suturadota del tejido cósmico deteriorado, de manera que si cristo salva a la evolución, y la evolución, al absorber y como enrollar en su marcha inexorable a Cristo, salva y redime al propio Redentor. De este modo, el Dios providencia y el Cristo camino y vida para el camino, se diluyen y acaban perdiendo toda vigencia y todo significado.

Por lo que respecta al hombre, como un vértice de ese mismo triángulo, el laicismo se empeña en un trueque fraudulento, al poner el énfasis de la dignidad del hombre, no en su filiación divina, sino en el dictamen individual de la conciencia, olvidando que si hay conciencia psicológica libre, que hace al hombre responsable, es decir, capaz de diálogo con Dios y de respuesta afirmativa o negativa a sus requerimientos, no existe conciencia moral libre. “La conciencia”; ha dicho Pablo VI en su alocución de 12 de febrero de 1969 “no es por sí misma árbitro del valor moral de las acciones, sino intérprete de una voz superior”. No es fuente del bien y del mal, sino advertencia tan solo; añadiendo la Constitución Gaudium et spes (nº 16) que “la conciencia descubre una ley que no se dicta a sí misma y a la cual debe obedecer”. Ahora bien, si la conciencia individual es como se dice de contrario fuente de los criterios de moralidad sin apelación a unos baremos revelados y objetivos, la idea de Dios se difumina o se rechaza, el hombre busca en sí la razón de su dignidad, se autocentra e idolatra, se estima su propio salvador y se convierte en el demiurgo de su propio destino. Por esta vía hemos llegado, en una época que podemos calificar de postcristiana, no sólo al antiteísmo militante, sino también al ateísmo económico de Marx, al ateísmo literario de Ana María Matute o al ateísmo práctico de aquella jovencita escandinava que, en una entrevista por televisión, contestando a la pregunta ¿usted cree en Dios?, dijo lo siguiente: “¿y para qué me sirve?”.

En una época presidida en influenciada, profunda en incisivamente, por el ateísmo doctrinal o práctico en la época del eclipse de Dios, de Martín Buber, en un mundo caracterizado por la huída de lo divino, como demuestra Max Picard, en un tiempo en que, como ha escrito Zubiri no ser ateos es ir contra corriente, en una ocasión como la actual en que no nos enfrentamos con herejías parciales, con amputaciones dogmáticas o con podas sacramentales, sino con la herejía completa, radical y absoluta de la negación de Dios, ha podido hablarse, en una atmósfera decadente y contaminada, de un cristianismo vaciado de Dios y de una teología de la muerte de Dios, que inexorablemente conduce a una antropología hueca y careada, porque se queda sin el hombre al que, quizá queriendo ensalzarle, lo anega y ahoga entre las oropéndolas de sus engolados neologismos.

Ahora bien, si Cristo da testimonio de la Verdad, y para eso vino al mundo, y Cristo aseguró, en un instante solemne, ego sum rex, ¿de qué y quiénes es rey? a qué reinado hacemos referencia en la misma, en esta hora de confusiones doctrinales conviene clarificar las ideas; hay dos direcciones, quizá mantenidas y divulgadas de la mejor buena fe, en torno al reinado de Cristo, que son equivocadas porque distorsionan su contenido y su nacimiento.

En primer lugar, la que, de algún modo, aunque con un transporte del tiempo y de la circunstancia histórica, sigue calificando y queriendo al Cristo Rex Israel (Jn XII, 13) del domingo de Ramos, hasta el punto que cuando ese anhelo no se cumple, con sentido irónico pondrá, en una tablilla, sobre su cadáver: Iesus Nazarenus Rex Iudeorum (Jn XIX, 19). Esta concepción triunfalista del Reino de Cristo se conecta de algún modo con la mística de la voluntad, tan típico al pelagianismo, y con sus manifestaciones más sutiles y larvadas, como sería aquella, denunciada por Romano Guardini, que convierte al cristianismo en una fórmula técnica para la eficacia y el progreso. Bajo ropajes distintos, el rex iudeorum es un rey en el tiempo y para el tiempo, del mundo, según el mundo y para el mundo. Pero fue el propio Cristo el que afirmó: Regnum deum non est de hoc mundo.

En segundo lugar, la que atiende, de un modo exclusivo, al regnum caelorum, o sea, a un reinado que se sitúa mirando hacia arriba, o hacia el final. Hacia arriba, en una zona ausente yuxtapuesta o, a lo sumo, tangencial al derrotero histórico, en la que distanciado, despreocupado o ajeno a nuestras cosas, Cristo, encarnación del Deus absconditus, se introduce y arropa, luego de cumplir la misión que el Padre le encomendara. Hacia el final, en una perspectiva puramente escatológica y, por ello, en un reinado ultimista y postrimero, que se enmarca en el cuadro de los novísimos y que comenzará con la Parusía, cuando los hombres oigan las palabras de Cristo que recoge San Lucas: para que comáis y bebáis in regno meo (Lc XXII, 29). Esta concepción neumática o escatológica del reino de Cristo se conecta, de algún modo, con la mística de la consolación, tan cara al luteranismo, y con sus flecos actuales de la creación mítica de la divinidad, como idealización de las perfecciones no logradas, y de la exaltación impúdica del pecado, fruto de una humanidad irreformable. - Entre el Rex Israel y el regnum caelorum hay una posición ortodoxa. Si el Reino de Cristo no es de este mundo, es decir, según los criterios y los esquemas del mundo, tampoco es un Reino abstracto, quimérico, algo así como un arquetipo inalcanzable o situado en el más allá de una frontera escatológica. Rex cuius regni non erit finis, pero de un Reino que tiene un principio y ese principio no está en la segunda venida del Señor, en la Parusía del Apocalipsis, sino en su primera visita, en el instante en que el Espíritu, al cubrir con su sombra a María, le engendró en sus entrañas virginales. El fecit mihi magna qui potens est no hace sólo relación a María como Madre de Jesús, sino a María como Madre del Rey de Reyes y Señor de los Señores. El Reino de Cristo, que no es como los reinos de este mundo, está, sin embargo, aquí y, aquí, en el tiempo, se inicia, se incoa y se constituye, galvanizando y vitalizando, trabando y uniendo sus piezas, que somos los hombres, por el misterio de la gracia, que limpia y edifica, en lucha constante con el misterio de la iniquidad, que mancha y corroe. Cristo, con su buena nueva, vino a predicar el Reino y suyas son las parábolas del Reino; el grano de mostaza, la siembra, la lámpara sobre el celemín, la perla de gran valor, el dracma perdido, la pesca milagrosa-, y suyas son las llaves del Reino que, de manera simbólica, entrega a Pedro, con toda la carga teológica y jurídica que dicha tradición supone. Por eso, porque el Reino ya está aquí, porque queremos, como Cristo quiere, que se edifique, al extenderse la gracia vivificadora que la Iglesia administra y distribuye, decimos con la gran oración que el Maestro nos enseñara: “Venga a nos tu Reino”. Pero que venga ahora, como sin duda está viniendo en cada segundo, cada vez que un alma se convierte, o aumenta en santidad, cada vez que una familia se aprieta, más hondamente, con amor en el seno del Amor, cada vez que una sociedad deviene más justa y sus miembros se saben y se conducen como hermanos en la andadura y en el destino. El Cristo que se negó a que le proclamaran rey luego de la multiplicación de los panes, no se negará al hosanna que precede a su elevación en el trono de la cruz y al crucifige eum que lo anticipa, y ello porque al no ser su reino como los reinos de este mundo, la cruz, por contraste, será el paso doloroso para la victoria de la Vida, que muriendo, se desbordará, a torrentes, para darla al mundo. Así, el adveniat regnum tuum es una impaciente solicitud a esa sangre martirial del reino para que nos transforme, de tal modo, que, siendo sus súbditos, al participar de su sangre, seamos también sus hermanos. De esta manera, el Reino de Cristo no es un reino metafórico, un tropo teologal, sino un Reino, como dice la Encíclica Quas Primas, “en sentido propio y estricto”. Rey de las inteligencias, de las voluntades, de los corazones, de los individuos; y Cristo es, igualmente, el Rey de la sociedad. Cuando se proclaman, con deje de absolutividad, los derechos del hombre, se deja en la penumbra una idea básica y es la siguiente: que el hombre, en cuanto criatura, es, ante todo y con respecto a Dios, un sujeto de deberes. Por eso Dios manda al hombre en el Paraíso y en el Sinaí; y Cristo le dicta un mandamiento nuevo. Sólo manda el que tiene la autoridad para hacerlo, el que es Rey.

De aquí que siendo verdad que el hombre tiene derechos, tales derechos corresponden y pueden enarbolarlos y esgrimirlos en función del cumplimiento de sus deberes. A este argumento, que apoya la realeza de Cristo, su facultad de mando y la obediencia del hombre, se añade, además, lo que llaman los teólogos el derecho de conquista, y conquista sagrada, puesto que Jesús, al derramar su sangre por todos, nos ha ganado para Él, para su Reino y a Él, moralmente, pertenecemos. Además, y ahora que tanto se combate y se pretende oscurecer y hasta ridiculizar, con el pretexto de que, “su reino no es de este mundo”, el reinado social de Jesucristo, conviene que nosotros exaltemos este matiz de su realeza, la más comprometida, la más combatida, a más silenciada.

Si la sociedad civil está compuesta por hombres, si la comunidad política busca el bien común, del que es fuerza clave la viabilidad de los medios que conducen a la salvación de eterna de los hombres, parece lógico que la ley y la justicia se alimenten de los mandatos de Cristo y que los gobernantes, no sólo como individuos, sino como representantes y agentes del Estado, rindan culto público al Señor, tal y como lo pedía Pío XI y como lo pide la Iglesia en el himno tantas veces recitado: “Que te honren con culto público los Jefes de las naciones, que te adoren los magistrados y los jueces, que las leyes y las artes te ennoblezcan”. Estando bajo su bandera y recordando a los que murieron con tan bella advocación en los labios y en el alma.

Entre los falsos hosannas y el crucifige eum, profesamos la lealtad a Cristo Rey. Data est mihi ovni postestas in coelo et in terra (Mt XXIX, 18). Tenemos un Rey-Verdad, y los que quieren pertenecen al Reino de la Verdad, escuchan su voz, oyen sus mandamientos y los guardan.

No gritamos aquello de la multitud embriagada y envilecida: “No tenemos más rey que al César”, porque cuando no hay más rey que un César; sea cualquiera el nombre con que se disfrace, cuando el César no reconoce a Dios, ni le teme, ni le ama, entonces ese César terrenal con cualquier nombre que se disfrace es un tirano, que, al no respetar a Dios, esclaviza al hombre con la más brutal y la más despreciable de las tiranías. Los que tanto hablan de amor a los hombres, no olviden que este amor a los hombres no es posible en la sociedad si la sociedad, políticamente organizada, no admite de veras el Reinado de Cristo, que es un Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.